volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Archivos para Agosto, 2007

Puerta: un gol que cambió nuestras vidas

Publicado por jorgellop on Agosto 28, 2007

Son muchos los que escribirán sobre el fallecimiento de Puerta. Los periódicos deportivos ya dan esa posibilidad.  He visto un  pancarta que decía algo así, es la idea, si tu nos ayudaste a cambiar por el gol al Schalke, nosotros te ayudaremos a mejorar. No ha podido ser.    No soy del Sevilla pero la muerte de una persona de 22 años remueve a cualquiera. Me mueve a poner unas letras el que acabo de llegar de un viaje de varias horas en coche y he podido escuchar los partes médicos. Te enteras que no sólo es la vida de una persona joven que se está  apagando, es que hay una nueva vida por llegar: un hijo que Antonio espera para dentro de dos meses. Claramente te conmueve y te ayuda a rezar más. “Que vida más bonita tienes”, ese fue el comentario de la madre de Antonio al ser seleccionado  para jugar contra Suecia. Una vida que ahora comienza…Una persona joven que ha dado tantas alegrias … es normal que ahora la gente se lo premie como sabe y pueda.

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Tranquilízate que pronto pasará

Publicado por jorgellop on Agosto 24, 2007

Una tarde de febrero de hace siete años, en el consultorio de un radiólogo de Ragusa, me enteré de que mi hija Serenella, de dieciséis años, tenía un tumor en las costillas. La noticia me dejó trastornada y se me clavó una espada en el pecho. Después vino el viaje al Rizzoli de Bolonia, mi terror al verme rodeada de muchachos con el pelo caído que estaban haciéndose radioterapia, las terribles noches en la habitación del hotel, noches en las que me hundía en un túnel negro, aunque dejase siempre la luz encendida.

Y todo esto vivido sin Dios. Durante largos años yo había vivido teniendo por lema las palabras que mi paisano Pirandello pone en labios de la Verdad: «Para mí, yo soy lo que la gente piensa que soy». Esta frase me la había repetido una y otra vez para paladearla y hacerla mía; con ella saboreé el embrujo de la duda y la convertí en el compendio de mis razonamientos sobre el sentido de la vida.

La mañana siguiente a la operación me desperté muy temprano, oí los quejidos de Serenella y me di cuenta de que habían sido sus quejidos los que habían interrumpido mi sueño; salté de la cama y corrí a su lado: estaba aún inmóvil, apoyada en un montón de almohadas y atravesada por una miríada de tubos. Le di un beso, le arreglé el pelo y reanudamos la conversación con los ojos y con gestos, porque la sonda que tenía en la nariz no la dejaba hablar bien. Pero por la noche la situación cambió de golpe: se intensificaron los dolores y las molestias debidas a los tubos y a la postura en que tenía que estar. Lloraba y gritaba. «Tranquilízate, Seré -le decíamos-, que pronto se pasará. Cada hora que pasa es un alivio y te irás poniendo mejor». «¡No habléis! ¡No digáis nada! ¡Sufro demasiado! ¡Me quiero morir, me quiero morir!»

No esperábamos una crisis asi. ¿Qué podíamos hacer, cómo consolarla? No encontrábamos palabras para calmarla. Para su llanto y su aflicción de nada servían nuestras palabras, y todos nuestros esfuerzos por consolarla sólo servían para disgustarla más. Como si su dolor estuviese demasiado lejano para podernos acercar a él de alguna forma: un dolor, no sólo intenso, sino de una naturaleza distinta. Entonces pensé que a las personas que están para morir o que están sufriendo mucho se les dan los consuelos religiosos. No tenía ni la menor idea de lo que había que decir en esos momentos, pero entendí que no había palabras más apropiadas que esas oraciones y esas súplicas. Se me ocurrió que a Serenella, que sabía rezar, podrían hacerle bien algunas lecturas de tipo religioso. Me vino a la mente aquel librito que le hacía leer la maestra en la escuela primaria y del que copiaba algunos párrafos en su diario escolar. No sabía quiénes eran sus autores ni que estuviese dividido en capítulos y versículos. En una palabra, yo nunca había abierto un Evangelio.

«Serenella, ¿quieres que te lea alguna página del Evangelio?», le pregunté temerosa, esperando haber acertado. «Sí, mamá, léeme el Evangelio», me contestó, con tono de entrega y abandono. Mi marido se fue corriendo a pedir uno a los capellanes del hospital. «¿Qué quieres que te lea?», le pregunté, con miedo a no conseguir encontrar fácilmente el pasaje que me pidiese y avergonzada de mi ignorancia. «Léeme la Pasión», contestó. Los pasajes de la Pasión son fáciles de encontrar, están al final, pensé, y eso me tranquilizó. Me senté a su lado y empecé a leer.

Tengo un recuerdo bien vivo de aquel momento. Sólo teníamos encendida una lamparita, de débil luz amarillenta que se proyectaba sobre la pared, para que no la molestase la luz. La postura vertical, el rostro brillante por las lágrimas y reclinado, el pelo largo suelto, los tubos de drenaje que le salían por todas las partes del busto, la sonda que tenía en la nariz, los hilos de Kirsclmer que le sujetaban las costillas operadas, y luego aquel tosco camisón del quirófano que aún llevaba puesto, todo tenía el aspecto de un drama muy similar al que yo estaba leyendo. Lo que se describía en aquellas páginas yo lo tenía ante mí, revivido ahora en la carne de mi hija.

Yo leía: «Lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: ¡Salve, rey de los judíos! Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza». Yo leía lentamente, y mientras tanto Serenella iba dejando de quejarse. Las lágrimas de sus mejillas se secaron. Luego, de pronto, se durmió. La hija se dormía y la madre… ¡se despertaba! Aquella noche dejé de ser atea y empecé a ser creyente. No es que hasta entonces me hubiese rebelado ante el dolor, pero no lo entendía, no entendía su porqué, su sentido. Ahora, la belleza de aquellas páginas y de las palabras pronunciadas en la cruz, y la misma petición de mi hija de que le leyese párrafos de la Pasión, me iniciaron en su misterio y en su sabiduría. Aquella noche empecé a entender todo el encanto que puede existir en el dolor inocente.

Fuente: Raniero Cantalamessa, Querido Padre…

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¿En qué estaba pensando Dios?

Publicado por jorgellop on Agosto 20, 2007

 Tomado de www.opusdei.es

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Soledad

Publicado por jorgellop on Agosto 19, 2007

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Hace algo más de una semana fallecía después de una larga enfermedad Pedro de Miguel. Más conocido como “Peter”. Era numerario del Opus Dei como yo y habíamos coincidido, viviendo en la misma ciudad, en  un muchos momentos. Me acuerdo concretamente las actividades formativas que atendimos juntos los añós 2002-2004 en Bilbao. Teníamos tiempo para hablar de todo un poco. Con la misma afición por la lectura, siempre acabamos hablando de libros. Sus gustos no eran los míos. Así se lo decía pero como en todo se sabía adaptar a quien tenía delante. Me acuerdo que me recomendó porque era de lo  último que había leído una novela de Patricia Highsmit que había sido recientemente reeditada. Era julio del 2004.
Se estaba bien con él. A pesar de que nos han separado unos cientos de kilómetros, no por eso he dejado de rezar por él en la Misa y de informarme de su estado de salud.
Pedro de Miguel estaba considerado uno de los grandes expertos españoles en el mundo del cuento y del microrrelato. Además de su lectura y estudio, Peter también predicaba con el ejemplo.
Hace unos años publicó “Soledad“:
“Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.
No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad”.
 

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Decálogo de la serenidad (Papa Juan XXIII)

Publicado por jorgellop on Agosto 19, 2007

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- Sólo por hoy, trataré de vivir exclusivamente al día, sin querer resolver el problema de mi vida, todo de una vez.

- Sólo por hoy, tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.

- Sólo por hoy, seré feliz, en la certeza que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en este también.

- Sólo por hoy, me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten a todos mis deseos.

- Sólo por hoy, dedicaré diez minutos, de tiempo, a una buena lectura, recordando que como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

- Sólo por hoy, haré una buena acción y no lo diré a nadie.

- Sólo por hoy, haré por lo menos una cosa que no deseo hacer y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.
- Sólo por hoy, haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
- Sólo por hoy, creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario- que la buena providencia de Dios, se ocupa de mí como si nadie más existiera en el mundo.
- Sólo por hoy, no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.
¡Puedo hacer bien, durante doce horas, lo que me descorazonaría, si pensase tener que hacerlo durante toda la vida!
 

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