
A esta conclusión llega el sacerdote Giancarlo Bossi. Trabaja pastoralmente desde 1987 en la isla de Payao (Filipinas) Comenzó en un momento en que los musulmanes estaban poniendo literalmente en fuga a los cristianos de allí. Un sacerdote que a pesar del secuestro sufrido por un grupo musulmán, cree en el diálogo interreligioso pero basado en el respeto mutuo.
Con sus secuestradores mantuvo conversaciones en las que le preguntaban sobre el Papa, sobre los motivos que lleva a los cristianos a traducir la Biblia, etc.
El no dejó de preguntar algo que nos pasa con frecuencia por la cabeza: «¿Cómo hacéis para orar con la ametralladora al lado?». Respondían que Alá está en el corazón, pero no en las elecciones de la vida. En el fondo, es también el razonamiento de ciertos cristianos: Dios existe, pero la vida es otra cosa, la fe no determina las opciones concretas…
“Intenté saborear las cosas que ellos sabían darme con el corazón, sigue diciendo a la agencia Zenit. Un ejemplo: mis carceleros sabían que cuando me ponían en alguna roca era para rezar; así que en esos momentos nunca me molestaron. Y tampoco yo me permitía jamás molestarles cuando rezaban. Oraba sobre todo por los míos en casa, al no saber nada de mí. Creo que su sufrimiento fue mucho mayor que el mío.
Después me preguntaba: ¿por qué el Señor ha permitido mi secuestro? ¿Qué proyecto hay detrás? Es una pregunta que me hago todavía. He pensado que tal vez Dios permitió que me retuvieran a mí para valorar a las muchas personas, frecuentemente excepcionales, que siempre han trabajado en el silencio y en lo escondido. Fui conocido sólo porque fui secuestrado; no ciertamente por la labor que hacía. Pero, como yo, muchos otros trabajan en el silencio y nadie les conoce.
Puede parecer extraño, pero rezaba el Magnificat. ¿El motivo? Pienso que la Virgen siempre supo leer las cosas negativas como pasadas y descubrir las cosas bellas que estaban ya naciendo. Igualmente yo estaba atravesando un período negativo, sin embargo lo leía en la perspectiva de una liberación; y esto cambiaba todo, me hacía disfrutar la belleza del cántico”
“El secuestro es parte de mi misión; no puedo suprimirlo. Lo que ha ocurrido me ha hecho precisa la llamada a construir un mundo en el que todos somos hermanos, aún en la diversidad de nuestros credos. Esto para mí está en la base del desafío de volver a Mindanao y hacer de la parroquia de Payao el símbolo de un diálogo posible
Desearía invitar a la gente a continuar el diálogo con los musulmanes. En Payao la mitad de la población es musulmana; yo fui secuestrado por un grupo musulmán. No quería que se creara un clima de conflicto… Creo que el mensaje ha sido bien acogido. Y el mensaje era: se sigue adelante, continuando con el trabajo y nuestro diálogo con los hermanos musulmanes. Expliqué que quien me secuestró es simplemente un criminal, no lo hizo como musulmán”