volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Archivos para Marzo, 2008

Testimonio de los atentados del 11 M: Dios llena todos los espacios

Publicado por jorgellop en Marzo 13, 2008

En Alfa y Omega publica el testimonio de una señora que tiene 36 años, un hijo de 7 y otro de 5. Era investigadora farmacéutica, antes de que el atentado del 11-M la tuviera meses al borde de la muerte y le dejase graves secuelas que le impiden trabajar.

Tuvo que volver a aprender a hablar, a leer, a escribir, a andar… Pero en todo momento sintió que Dios estaba con ella.

Siempre he sido practicante, desde pequeña. Antes de que me pasara todo esto, estaba en un grupo católico que se llama la Legión de María. Y era una persona de acción. Solía ayudar a personas con problemas: deficientes, ancianos… Lo que hiciera falta. Siempre te crees que tienes mucha fe hasta que la vida te da este zarpazo. Y entonces es cuando verdaderamente te das cuenta de que sin Dios no puedes hacer nada. Hay momentos muy duros. Cuando estuve en la unidad de enfermos críticos y recuperé la consciencia, sólo oía por un oído, no veía por el lado derecho, no me podía mover y no podía hablar porque tenía hecha una traqueotomía. Y, sin embargo, aunque yo oía a los médicos que decían: «No sale», no tuve miedo, porque Dios llena todos los espacios. Y como llena todos los espacios, tu vida tiene sentido, ¡más que nunca! Lo único que decía es: Mira, Señor, ya no puedo más; he luchado todo lo que he podido y ya no puedo más. Perdóname por aquellas cosas en las que no estuve a la altura. Y, sobre todo, me encantaría ser como el buen ladrón y verte. Cuando ya sentí que me moría, hubo algo en mi interior que me decía: «Esther, todavía no. Tienes que luchar».

Al final, yo era la que más grave estaba en la unidad, y fui la primera que pudo subir a planta. Desde entonces, estuve mucho tiempo preguntándome:

Señor, ¿qué quieres de mí? Y quiero decir a todo el mundo que siempre tenemos que tener los oídos bien abiertos para escuchar qué es lo que espera Él de nosotros. Hace poco he empezado a dar catequesis, algo que hacía hace ya muchos años y que, por falta de tiempo, había tenido que dejar de hacer.

Ahora, como ya no trabajo porque no me dejan debido a las secuelas del atentado –una minusvalía del 77%–, tengo un grupo de 11 niños y soy feliz, soy inmensamente feliz porque disfruto a pleno pulmón con las cosas pequeñas de cada día. Es increíble la oportunidad que me ha dado Dios de seguir adelante a pesar de todo. Tienes el privilegio tremendo del toque de atención en el corazón. Él me ha dado la oportunidad de seguir adelante. También podía haber dado la espalda a Dios, pero Él no me dejó.

 

Así que, mil gracias. 

Esther Sáez

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Quise abortar

Publicado por jorgellop en Marzo 8, 2008

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Tengo 25 años y, después de un camino largo, me di cuenta de que estaba embarazada. Fue un embarazo inesperado, y un test me lo confirmó. Yo quise abortar. ¿No quería yo a mi niño? Claro que sí, como todas las madres; pero tenía puros y me decía: “no lo quiero”, “no necesito un niño”. Estaba trabajando, pero mi marido no, y por esto no lo quería; no teníamos una buena situación, teníamos una habitación en alquiler y después íbamos a quedamos en la calle. Una buena gente me abrió los ojos Una buena gente me abrió los ojos y por eso pensé y decidí conservarlo.

   

Hemos alquilado un piso, donde ahora vivimos. Fui a hacer los primeros análisis, las primeras ecografías y le oí el corazón. Me emocionó. Ahora tengo una maravilla de niño. No puedo vivir sin él. Soy feliz mirándole. Me arrepiento por haber estado pensando en matar una vida. Le estoy mirando y no lo puedo creer.

  Mi niño es un regalo de Dios.

  

Micaela Melcea (Valladolid).

  

Carta publicada por la revista Mundo Cristiano

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Inmigración: una vida abandonada

Publicado por jorgellop en Marzo 5, 2008

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Acabo de terminar el libro Eldorado de Laurent Gaudé. El mismo escritor que ganó el premio Goncourt 2004 con El sol de los Scorta. En su nueva novela afronta el problema de la inmigración. Las páginas que copio me han hecho pensar en el  drama de las muchas personas que dejan todo por buscar una vida mejor.  

El texto recoge los sentimientos de dos hermanos sudaneses que están a punto de abandonar su país.   

“Qué extraño resulta despedirse de la vida de uno. Veo desfilar los mil detalles que la constituyen. El manojo de llaves. El ruido que produce la puerta de entrada cuando se abre con un suspiro. El olor de las alfombras del pasillo. Todo lo que desfila ante mis ojos lo hace por última vez.

 

Mamá está ahí. Nos espera. No volveremos a verla. Morirá aquí antes de que podamos hacerla venir con nosotros. Es la verdad, y los dos lo sabemos. Ella sabe que es la última vez que ve a sus hijos, y no dice nada porque no quiere desanimamos. Se quedará sola aquí, con la sombra de nuestro padre. Nos ofrece su silencio, con valentía. Sólo nos marchamos porque ella ha aceptado no retenernos. Ninguno de los dos tendría fuerzas suficientes para hacerlo si ella no lo consintiera. Ella ofrece su silencio. Y necesita una gran fuerza de voluntad para contener sus sollozos de madre.

 

Está ahí, sí, y nos espera. Lo más probable es que ya haya empezado a juntar algunas cosas. Dentro de un momento nos reuniremos con los bártulos en medio del salón. Dentro de un momento nosotros también nos sumergiremos, con la cabeza gacha, en ese montón de cosas, preguntándonos qué debe quedarse y qué podemos llevarnos.  Habrá que dejar espacio. Seguramente lloraremos al renunciar a una chaqueta o una fotografía. Ahora empieza todo, Yamal.

 (…) 

Dejo los dátiles sobre el tablero. Estos frutos permanecerán aquí más tiempo que nosotros. Me gustaría que se quedaran aquí eternamente. Me gustaría estar seguro de que dentro de diez años, o veinte, podremos sentamos aquí, el uno junto al otro, y comernos los dátiles que dejamos hoy. Reencontrar en la boca, de golpe, el sabor de aquí. Los dejo en la mesa. Tú te vuelves hacia mí. Me miras un instante. Y entiendo que lo haces como para tomar aire antes de la inmersión.

 

Es el último momento que tenemos para nosotros. Dentro de un instante ya sólo conoceremos la urgencia y el miedo. Apresurarnos. Cerrar las maletas. No hacer ruido para que los vecinos no sospechen nada. Encontrarnos con nuestro pasador. No perder el dinero. Dentro de un instante seremos como unos animalillos desconfiados que se sobresaltan con cada estallido de voz. Me alegro de que, en este último momento de calma, tú me hayas mirado, hermano.

 

Somos dos. Y entiendo que tú eres como yo. Necesitas saber que voy tras tus pasos. Necesitas mi voz para no desfallecer. Yo te sigo, hermano. Empujas la puerta de la habitación. Ya está. Nos vamos. Nuestro gran viaje empieza aquí. Es el fin de una vida. Permanezco junto a ti. Allá donde vayamos llevaremos esta casa; nevaremos a nuestra madre y la plaza de la Independencia; llevaremos los dátiles y los viejos asientos del coche. Mientras seamos dos, la larga estela de nuestra vida anterior flotará detrás de nosotros. Mientras seamos dos todo irá bien. Vámonos, hermano. Yo te sigo”

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Edu, jugador del Betis: mi mejor gol fue jubilar a mi padre

Publicado por jorgellop en Marzo 2, 2008

Leo en un periódico deportivo una entrevista a Edu, jugador del Betis.  Me quedo con las contestaciones a dos preguntas:

  

¿Cómo fue su infancia?

 

Como la de muchos niños en Brasil: difícil. Nací como la mayoría, con una pelota en los pies, pero con la complicación de que hasta los nueve años vivimos en el campo y no tenía un equipo para jugar. Entonces mi familia se trasladó a Jaú y a los trece años me hicieron una prueba los del Quince y me ficharon.

Y todo empezó a cambiar.

 

Sí. Para mí el fútbol fue un camino para progresar en la vida, en la mía y en la de mi familia. En mi país todos los niños quieren ser futbolistas, está en nuestra cultura. Llegan los menos, claro. Y a los grandes contratos, menos de los menos, ¿eh? Mi padre trabajaba en la caña de azúcar, era transportista. La empresa entró en crisis y se quedó sin trabajo, por eso nos trasladamos a la ciudad. Somos cuatro hermanos y él nos mantenía a todos. Hubo épocas que lo pasamos mal. Cuando me fui al Sao Paulo había semanas que descansábamos sábado y domingo y no tenía dinero para el autobús, no podía irme a casa. Jaú está a tres horas de la capital. Aquellas dificultades me ayudaron a madurar, a valorar la vida. Mi primer contrato profesional no fue muy alto, pero incomparable con los del fútbol de base. Lo primero que hice fue jubilar a mi padre, que se levantó muchas veces a las cuatro y media de la madrugada para ir a trabajar. Mi mejor gol fue ese, jubilar a mi padre, darle una vida mejor.

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