volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Archivos para Abril, 2008

Si tuvieran capilla en el Hospital de Alcuescar y…en otros

Publicado por jorgellop on Abril 25, 2008

Siguiendo con la entrada anterior, Chaves, en Andalucía ha empezado a suprimir las capillas de los hospitales…

Con lo que lo viene, me he acordado lo que leí en un pequeño librito titulado Encuentros Eucarísticos, escrito por el jesuita J. M. Casasnovas. Vale la pena. Ayuda a tratar a Jesús Sacramentado. En el índice puedes encontrar una entradilla que dice ¡SI TUVIERAN CAPILLA! Elijo algunos fragmentos.

“Hoy he estado visitando un hospital para inválidos que hay en un pueblo de Cáceres que se llama Alcuescar. Sillas de ruedas, paralíticos de todas clases, algunos semi-dementes peleándose con otros; en fin, un panorama que no es ni agradable ni alagador. Es “el Cristo sufriente de hoy” que sufre en estos enfermos que Él ha dejado a nuestro cuidado, a nuestra benevolencia, a nuestro amor cristiano (…)

Por la noche, al volver de Cáceres, he ido a pasar un rato con Jesús Eucaristía. Le he pedido por los enfermos, por mi amiga paralítica que lleva 27 años en silla de ruedas, por los cuidadores…Y le he dado gracias por estos enfermos que, según los criterios humanos, lo tienen todo. Están bien cuidados, sus habitaciones son espaciosas, gozan de todos los avances (…)

Se me ha ocurrido pensar. ¿Se acordarán de dar gracias a Dios por todos los cuidados que gozan? ¡Oh si tuvieran una capilla para que Jesús les enseñara y consolara! Su vida sería distinta. Su calidad de vida mejoraría infinidad de enteros. (…)

Tú y yo aprendemos mucho ante el Santísimo enseñados por el silencio de su real presencia y que nos hace sensibles a los sentimientos íntimos de Jesús. (…)

Si estos enfermos de Alcuescar tuvieran una capillita con el Santísimo para poder pasar un rato corto con el Señor, sin duda alguna, Jesús les iría ungiendo su corazón con el bálsamo de su alegría y de su paz.

¿Te parece bien que tú y yo supliquemos al Padre para que pronto se abra en el hospital una capilla con el Santísimo? Muchos enfermos lo piden .

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“Los curas sólo creen en los mártires y nosotros en la ciencia”

Publicado por jorgellop on Abril 25, 2008

Ayer volviendo de Gandía escuché,  en una  emisora  de radio de contenidos principalmente musicales, las noticias. Me sorprendió que la primera hiciera referencia a un nuevo supuesto de convenio entre Comunidad de Madrid y el Arzobispado que permitiría la presencia de sacerdotes en los comités de ética de hospitales públicos. No es algo nuevo porque el gobierno socialista, por no remontarnos a años anteriores, en 1985 había suscrito un acuerdo sobre asistencia religiosa en los hospitales.

 

El personal religioso sólo interviene en la asistencia espiritual al enfermo, si este previamente lo solicita. No participa para nada en las decisiones o juicios médicos.

 

Comentando esta noticia un artículo de opinión de un periódico, afirma que no hay ningún centro hospitalario madrileño que cuente con un sacerdote en su comité de ética a pesar de los años de vigencia del convenio.

 

Como estamos acostumbrados, algunos han aprovechado esta fisura para condenar la falta de libertad de conciencia o para atacar diciendo que “mentes podridas que desde el dogmatismo intentan prácticas confesionales”. Se puede elevar un poco más la voz afirmando como Elena Valencia que  “los curas sólo creen en los mártires y nosotros en la ciencia” Nosotros ya sabemos quienes son…

 

Seguí escuchando la radio, para ver cuales eran el resto de noticias si el “parte” iniciaba con esa tendencia. Sí era tendenciosa la noticia.  Hoy he leído el periódico con curiosidad y me he confirmado en la idea que sí, que sí había otras noticias con más peso pero no tan tendenciosas. Ayer era lo que servía  para torpedear a la Iglesia y expulsarla  de lo lugares públicos. Mañana, será otra cosa.

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La fe nos ayuda a ampliar el horizonte para ver la vida como Dios la ve

Publicado por jorgellop on Abril 22, 2008

Palabras de Benedicto XVI a  jóvenes minusválidos  en el Seminario de San José (Nueva York) el pasado sábado 19 de abril.

 

Dios les ha bendecido con el don de la vida, y con otros talentos y cualidades, por medio de las cuales pueden servirlo a Él y a la sociedad de diferentes modos. Aunque la contribución de algunos puede parecer grande y la de otros más modesta, el valioso testimonio de nuestros esfuerzos constituye siempre un signo de esperanza para todos.

 

A veces es un reto encontrar una razón para lo que aparece solamente como una dificultad que superar o un dolor que afrontar. No obstante, la fe nos ayuda a ampliar el horizonte más allá de nosotros mismos para ver la vida como Dios la ve. El amor incondicional de Dios, que alcanza a todo ser humano, otorga un significado y finalidad a cada vida humana. Por su Cruz, Jesús nos introduce realmente en su amor salvador (cf. Jn 12,32) y así nos muestra la dirección, el camino de la esperanza que nos transfigura, de modo que nosotros mismos lleguemos a ser para los demás transmisores de esperanza y amor.

 

Queridos amigos, les animo a rezar todos los días por nuestro mundo. Hay muchas intenciones y personas por las que poder orar, también por los que todavía no han llegado a conocer a Jesús. Les ruego que recen también por mí. Como saben, acabo de cumplir un año más. El tiempo vuela.

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Andrea: contigo hasta el final

Publicado por jorgellop on Abril 19, 2008

Crónica de una anciana en sus últimas semanas antes de su fallecimiento narrada por un grupo de voluntarios universitarios de la Fundación Universitas, quienes le acompañaron hasta el final.

 

 

 

Todo un alegato al coraje y la entrega. Una muestra de entereza de una mujer que sobrellevó con dignidad y señorío el dolor de su sufrimiento y soledad.

 

En suma, Andrea personifica una enseñanza de vida de la que nuestra sociedad parece alejarse.

 

Un grupo de voluntarios de la Fundación Universitas ha recogido el testimonio de sus últimas horas para hacer eco de esta experiencia.

 

He aquí su historia

 

 

 

Hace ya casi un año un universitario, voluntario de la Fundación, tuvo conocimiento de una anciana, Andrea García Tormo, de 92 años, que vivía aislada en su casa, lidiando con la soledad y el sufrimiento, sorteando los duros escollos del dolor de la enfermedad que la iba consumiendo y con el pesar aplastante de un alma que vive sin apenas compañía alguna.

 

 

La noticia corrió como la pólvora entre algunos voluntarios de la Fundación, quienes al poco fuimos a visitar a la anciana Andrea. En una casa antigua, escenario de aflicción y calamidades, descubrimos a una mujer amable, cariñosa y entregada. Al poco nos percatamos de que si bien Andrea no gozaba apenas de movimiento en su cuerpo, su espíritu rebosaba de libertad y de vida. No hacíamos otra cosa que hacerle compañía, darle un poco de conversación y, sobre todo, escucharla. Aunque nos ofrecíamos para lo que ella necesitara, lo que ella quería era, más que nada, sentirse acompañada y escuchada. Nos sorprendió la rapidez con la que nos confió sus desvelos y preocupaciones, compartiendo hazañas y anécdotas de su vida pasada.

 

 

 

Ella era hija de padres de recursos limitados. En su juventud, decidió invertir sus esfuerzos en coser trajes para poder salir de esa situación de pobreza. Así, Andrea logró vivir honradamente y valerse gracias a la destreza de sus hábiles manos. Nunca se casó ni tuvo descendencia: el arduo trabajo diario y la obligación de cuidar a una hermana enferma limitaron sus relaciones sociales, impidiéndole conocer una persona con quien casarse. Los años transcurrieron y ya en la vejez, la enfermedad la obligó a recluirse en su vivienda. Una artrosis degenerativa se apoderó de sus huesos hasta impedirle salir de su casa primero, levantarse de su sillón más tarde, para finalmente no poder siquiera levantarse de su cama, pasando ahí sus dos últimos meses.

 

 

 

 

En ocasiones nos decía que le pedía a Dios y a su ángel custodio que se la llevara al cielo, pues ya no era capaz de valerse por sí misma, requiriendo de la ayuda de los demás y esto le hacía sentirse un estorbo, pues no servía ya para nada. Nosotros le decíamos que no dijera esto, pues no era cierto: “Tu vida vale mucho más de lo que pueda aparentar. Tu valiente disposición ante el sufrimiento, el dolor y la soledad es una escuela para toda la humanidad y para nosotros en particular”. Ella decía que a veces pensaba que quizá Dios no la quería, pues de lo contrario se la habría llevado ya en su seno. Un voluntario le contestó que “si Dios no se la llevaba era porque pensaba que todavía podía hacer mucho bien, y que Dios se la llevaría en el momento más oportuno, lo cual podía no coincidir con sus deseos”. Además –añadió otro estudiante–, “¿no dice usted que reza por tanta gente mientras pasa tantas horas al día en completa soledad? Pues fíjese el bien que está haciendo: con su ejemplo nos enseña que el amor es más fuerte que el dolor y la soledad, y con su oración nos ayuda y nos sostiene”. Otro voluntario, más atrevido que nadie, le dijo: “muchas gracias por todo y por sus oraciones, pero le quiero pedir un favor”. “¿Cuál?”, respondió ella abriendo los ojos, con expresión generosa y rendida: “Acuérdese de nosotros cuando Dios se la haya llevado al cielo”. Ella respondió: “Hecho. Ahora procuro ayudaros, pero poco puedo hacer. Desde el cielo me acordaré mucho de todos vosotros y si Dios me lo permite, os ayudaré todo lo que pueda. De verdad, os ayudaré todo lo que Dios me permita”.

 

 

 

Cuando se ponía melancólica o pesimista, alguien se acercaba al lecho y acariciándola o dándole un beso, le decía en voz alta: “Andrea, cada día está más maja”. Eso le sobreponía, se sonreía y nos decía: “¡Qué majos sois!”. Así cambiábamos de tema. Tenía la cabeza bien y razonaba con claridad: quizá eso le hacía sufrir más, pues podía captar mejor el alcance de su situación de dolor y soledad en las postrimerías de su existencia terrena.

 

 

 

En un principio, teníamos claro que éramos nosotros quienes la estábamos ayudando. Con el paso del tiempo, fuimos experimentando que era más lo que ella hacía por nosotros que lo que nosotros hacíamos por ella. En realidad, bien poco hacíamos nosotros: un rato de compañía y conversación, arrancar varias sonrisas de sus labios, escucharle, un día le arreglamos una persiana, le llevábamos unos chocolates o bombones, que tanto le gustaban, etc. Un día nos dijo que le encantaban los bocadillos de jamón…al poco se lo trajimos y se puso muy contenta, agradeciéndonoslo muchísimo.

 

 

 

Las visitas fueron aumentando en regularidad e intensidad, basándose en la compañía y la escucha. Ella se encontraba tan a gusto con nosotros que, al despedirnos, nos rogaba que no tardáramos mucho en volver a visitarla. A nosotros cada vez nos costaba más esta despedida. Algunos de nosotros compensábamos esa forzosa ausencia rezando por ella, de suerte que nuestras oraciones se cruzaban con las suyas, mucho más valiosas y sinceras que las nuestras. Todos éramos perfectamente conscientes de que aquel momento podía ser el último encuentro con ella. De hecho, el último día que pudimos despedirnos de ella –cuatro días antes de su fallecimiento–, uno de los voluntarios dejó un papel a la vecina que ponía: “Si a Andrea le surge alguna necesidad o le acontece algo grave, llame por favor el teléfono XXXXXXXXX”.

 

 

 

A los cuatro días recibíamos la previsible llamada. En efecto, el pasado jueves día 17 de abril, su vecina llamó a uno de los voluntarios de la Fundación Universitas para comunicarle el fatal desenlace: Andrea ya se había ido. Dios había escuchado finalmente su persistente ruego. Un sentimiento agridulce embargó a muchos de los que hemos pasado horas con ella. Agrio, porque Andrea se había hecho querer y, de hecho la queríamos. La queríamos y nos quería. La hubiéramos querido seguir teniendo entre nosotros…Dulce, porque estaba dónde ella quería, sin más sufrimiento ni soledad alguna. “Lo has conseguido, Andrea”, pensamos. “Ahora no te olvides de nosotros, pues te seguimos necesitando”.

 

 

 

Varios de los voluntarios pudimos asistir a la misa de funeral y entierro (a las 16h del sábado, 19 de abril de 2008, Parroquia de San Vicente Mártir, Benimámet), donde nos encontramos con unos pocos familiares. Su sobrina nos agradeció muchísimo todo lo que habíamos hecho por ella. Nos dijo que nosotros éramos, para Andrea, “los chicos”. De hecho, cuando la sacaron de su casa para ingresarla en el hospital donde al poco fallecería, dijo a su sobrina: “por favor, deja una nota a la vecina para que avisen a los chicos”. Para Andrea, nosotros éramos sus chicos; y ella era para nosotros, nuestra Andrea. En el curso de la ceremonia del funeral, un voluntario leyó algunos párrafos de esta crónica. Al finalizar, una persona mayor se le acercó y le dijo: “Yo querría que alguien me acompañara como habéis hecho con Andrea, pues estoy ya muy mayor, sufro bastante y me encuentro sola”. El universitario voluntario no supo que contestarle; tan sólo le sonrió y le tomó su dirección.

 

 

 

Como puede verse, esta historia no es un caso aislado. Hace falta gente dispuesta a dedicar tiempo a los demás, a aquellas personas de las que el mundo no espera nada, pero que constituyen el tesoro de la humanidad. Por este motivo, la Fundación Universitas haya decidido institucionalizar esta iniciativa que ha surgido espontáneamente, como mana el agua de una fuente, a fin de poder llegar a mucha más gente que pasa por una situación similar. El proyecto se denomina “Compartiendo ilusión” y puede consultarse en www.fundacionuniversitas.org.

 

 

    

Valencia, 19 de abril de 2008

 

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Tomato Lichy y Paula Garfield quieren otro hijo sordo

Publicado por jorgellop on Abril 16, 2008

 

 

Copio de Alejandro Navas un artículo en el Diario de Navarra

 

Los medios españoles se han hecho eco del problema de conciencia que plantea a los parlamentarios ingleses católicos el proyecto de Ley de Fertilización Humana y Embriología que debate en estas semanas la Cámara de los Comunes y cuyos planteamientos contradicen aspectos básicos de la moral cristiana.

 

Entre otras cosas, prevé la autorización para crear embriones híbridos de humanos y animales. El asunto ha suscitado tanto interés y polémica por tratarse de uno de los proyectos estrella del gobierno, muy interesado en que no se “estrelle” en el Parlamento.

 

En cambio, no se ha comentado aquí otro incidente relacionado con ese debate, que está dando mucho que hablar en Inglaterra. Se trata de la pareja formada por Tomato Lichy y Paula Garfield, sordos. Fruto de su vida en común es una hija, que hizo las delicias de sus padres cuando nació sorda como ellos.

 

Ahora desean tener otro hijo, pero como Paula ha superado ya los cuarenta, no quieren correr los riesgos propios de un embarazo tardío y piensan en la fecundación in vitro. Hasta aquí su caso parece el de tantas otras parejas de su edad que recurren a esa opción, pero Tomato y Paula quieren aprovechar las posibilidades de la genética y el diagnóstico preimplantatorio para seleccionar un embrión sordo, como ellos y su hija.

 

Los medios se están ocupando ampliamente de este caso, que ha despertado un apasionado debate. El Parlamento también se ha hecho eco y pretende introducir una cláusula en el proyecto de ley que impida precisamente este tipo de supuestos. La respuesta de Tomato y Paula merece atención, pues proclaman con energía que ellos no consideran la sordera un defecto o una limitación, sino un simple rasgo diferenciador: “La sordera es una realidad positiva, con aspectos maravillosos. Es como ser judío o negro, y no tenemos la impresión de que pertenecer a uno de esos grupos minoritarios sea una desgracia… Si las personas que oyen tienen derecho a eliminar embriones sordos, nosotros deberíamos tenerlo también para desechar un embrión sin sordera”. Se consideran miembros de una cultura peculiar, la de los sordos, que utiliza otro lenguaje. “En una comunidad de sordos usted sería el discapacitado”, espetó Lichy al perplejo redactor de la BBC que le entrevistaba.

 

En cierto modo, la lógica de esta pareja resulta irrebatible. Si no se acepta lo natural como criterio, la realidad queda disponible, materia plástica modelable a nuestro antojo. Y gracias al desarrollo científico y tecnológico nuestro poder crece de continuo. Nos sentimos emancipados de viejas tradiciones o tabúes y las diversas pautas y opciones se hacen equivalentes, todo vale.

 

Lo que los parlamentos y jueces consideren justo en cada momento resultará convencional, abierto a cambios en cualquier sentido según la evolución de la opinión pública o los intereses de los poderosos. Aunque en estos dramas que la opinión pública sigue con pasión, para mayor gloria del share, casi siempre suele haber víctimas inocentes: en este caso, los embriones eliminados o ese hijo sordo, si es que finalmente llega a ver la luz de este mundo, al que nadie habrá preguntado si también está conforme con esa condición. Estamos una vez más ante el hijo concebido como artículo de consumo destinado a proporcionar una gratificación determinada a sus progenitores.

 

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