Prometía esta carta al director. No es la primera vez que comento la presencia de sacerdotes en un hospital en ayuda a los enfermos. Ahora presento este testimonio, habrá miles como él, que contradice la campaña para expulsar de los hospitales la atención sacerdotal.
Hace pocos meses, falleció una amiga mía a causa de una grave enfermedad. Durante los meses que estuvo ingresada en un hospital de Barcelona solicitó, y tuvo la suerte de recibir periódicamente, la visita de un sacerdote que la confortó mucho. Yo misma fui testigo de estos encuentros en bastantes ocasiones y puedo asegurar que la llenaban de alegría y serenidad.
Fue la constancia y el desinteresado esfuerzo del sacerdote quien hizo más llevadera la enfermedad de esta amiga, cuando la ciencia –a pesar de la pericia y el buen hacer del personal médico- se había mostrado incapaz de sanarla. Murió en paz y confortada, por lo que no entiendo el empeño de algunas autoridades en prohibir, obstaculizar o demonizar la presencia de sacerdotes en los hospitales.
Si están en el hospital a nadie molestan, ya que acuden al lado de quienes los reclaman; pero si no se les permite el acceso, habrá sin duda muchos enfermos que se verán privados de una asistencia humana y espiritual en los momentos últimos de sus vidas a la que tienen derecho.
Estoy seguro que un médico preocupado por el bienestar integral de sus pacientes no tolerará semejante injusticia.
Fina Millán-Hita, Barcelona