Publicado por jorgellop en Junio 17, 2008

Estoy leyendo un folleto escrito por Juan Antonio Granados. Me he fijado en una de sus páginas:
«Cada persona siente el deseo de amar y de ser amada. Sin embargo, ¡qué difícil es amar, cuántos errores y fracasos hay que registrar en el amor! Hay quien incluso llega a dudar si el amor es posible. Pero, si carencias afectivas o desilusiones sentimentales pueden hacemos pensar que amar sea una utopía ¡No!» (Benedicto XVI, JMJ 2007)
«¿Quiere usted suicidarse?» -solía preguntar siempre el Dn Frankl a su paciente desesperado al comenzar la sesión para descubrir la profundidad de su herida y buscar el sentido de la vida. Y tantas veces encontraba por respuesta los amores del corazón: «Tengo un hijo, tengo fe, tengo…».
Otras veces, ante la falta de respuesta, se coi suma el mortal deseo. Así narra Tatiana Goricheva el caso de una amiga: «En mi adolescencia tuve una amiga que se quitó la vida a los quince años. Porque no pudo soportar todo lo que la rodeaba. Al morir dejó escrita una nota que decía: “Soy una persona muy mala”, cuando en realidad era una criatura de corazón extraordinariamente puro, que no podía tolerar la mentira y que no pudo mentirse a sí misma. Aquella muchacha se quitó la vida porque descubrió que no vivía como hubiera debido, y porque de alguna manera había que romper el vacío que a una le rodeaba y encontrar la luz. Pero ella no que a una le rodeaba y encontrar la luz. Pero ella no encontró ese camino»
De Tatiana y del Dr Frankl sacamos una conclusión común: el deseo más profundo del corazón del hombre es el deseo de ser amado, valorado, apreciado. La vida vale lo que valen nuestros amores.
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