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Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Misionero cuenta su secuestro

Posted by jorgellop en octubre 23, 2012

Con motivo de la celebración del Domund, el domingo pasado, se han publicado algunos testimonios de los 14 mil misioneros españoles repartidos por todo el mundo. Luis Pérez, es uno de ellos. Ha estado como misionero javeriano en 18 países.

En una entrevista publicada en Religión en libertad cuenta su estancia en Sierra Leona y su secuestro.

“Llegue a este país africano en 1997, en medio de una guerra inacabable, que se extendió de 1991 a 2002. En enero de 1999 los rebeldes atacaron la capital, Freetown, y nos secuestraron a 5 javerianos, a algunas religiosas de Madre Teresa de Calcuta y al arzobispo de Freetown. Era algo que hacían para dar a conocer su causa al mundo, secuestrar personal occidental, aunque en este caso el arzobispo era nativo.”

“¡Sucedió el Día de Reyes! Ya para entonces llevábamos muchos días encerrados en la misión con unas 200 personas, refugiadas allí esperando que así las respetarían. Los rebeldes venían, saqueaban y se marchaban. Para ese día ya habían saqueado tantas veces que casi no quedaba nada. De hecho, dos tercios de la ciudad ya estaban arrasados. Por lo general, los javerianos, si había que huir, huíamos con la gente, no antes que ellos. Pero en este caso no nos dio tiempo”.

“Mi experiencia, y la de muchos compañeros misioneros en casos así, es que ser consciente de lo que pasa y por qué pasa, saber que estás allí porque Dios te envió, te da cierta serenidad. Aunque nada quita el miedo. Pero doy gracias a Dios de que volví del secuestro con más fe, con más cercanía de la presencia del Señor. Eso es real, la fe en esta situación tiene un efecto real. Antes creía, y ahora estoy cierto de que creo”.

“En el pelotón de 20 personas que nos secuestró había niños soldados que incluso conocíamos y que habían estado en nuestra misión, niños que habían sido nuestros alumnos y que los guerrilleros habían vuelto a reenganchar. Les dijimos que hicieran como que no nos conocían, para protegerlos. Los rebeldes no tenían un cierto respeto, en principio querían mantenernos vivos, aunque alguna vez nos interrogaron con alguna bofetada”.

 “El caso es que nos tenían en el cuartel de mando de los rebeldes. Y las tropas regulares nigerianas, tropas de interposición de África Oriental, les machacaban en aquella zona. Así que casi cada día nos movían de sitio. Además, iban retrocediendo, perdían posiciones, volvían drogados y cansados a las 7 de la tarde, estaban muy enfadados porque retrocedían, y eso era preocupante para nosotros. Además, sufríamos bombardeos de artillería, y alguna vez incluso de aviación”.

“Tratábamos de proteger a las hermanas, que dormían acurrucaditas juntas, nosotros a su alrededor para protegerlas. Si venía alguien a molestarlas nos levantábamos y nos enfrentábamos a él”.

“Un día, bajo un bombardeo, se olvidaron de algunos de nosotros, con las prisas. Subieron al camión las hermanas, dos misioneros y el camión arrancó, dejándonos allí al arzobispo, tres misioneros italianos y a mí. Y tratamos de llegar a la zona gubernamental. La gente, incluyendo muchos musulmanes, nos escondía. Pasamos todo un día debajo de una cama, otro día dentro de un lavabo. Nuestros captores nos estaban buscando, habían castigado a los que nos perdieron”.

 “Entonces vimos unos soldados, que pensamos que eran soldados nigerianos de interposición, y fuimos hacia ellos por un descampado… pero resultó que eran rebeldes y empezaron a dispararnos. Corrimos como pudimos, entre las balas. Yo me caí, y pensé: “Ya está, aquí se acaba la cosa”. ¡Tengo tan clara la imagen! Pero entonces salió la gente de las casas ¡a tirar piedras a los rebeldes! Muchos eran musulmanes, como también eran musulmanes muchos de los que nos habían escondido, porque el obispo y los misioneros éramos muy conocidos allí. Y conseguimos llegar a donde los regulares y así acabó nuestro cautiverio.

“El resto aún estuvieron 3 semanas más prisioneros. A un sacerdote que recibió un tiro lo abandonaron y lo dimos por muerto, pero luego apareció vivo en un hospital. Y allí sigue, de misionero. Nos sentíamos espiritualmente tranquilos. Sí, en Sierra Leona aprendimos lo que es el miedo, pero nos ayudaba la convicción de que estábamos allí enviados por el Señor”

 

 

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