volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

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Doctora, enferma de cáncer, cambia su manera de pensar sobre la eutanasia

Publicado por jorgellop en Diciembre 11, 2007

Leo en la agencia Zenit la siguiente noticia de la que tomo algunos párrafos.

Casada y madre de un hijo, Sylvie Menard, de sesenta años, dirige el Departamento de Oncología Experimental del Instituto de Tumores de Milán (Italia), donde trabaja desde 1969. En un reciente congreso en Milán declaró que, desde que se descubrió enferma, su perspectiva sobre estos temas ha cambiado», publicó el 28 de noviembre el diario italiano «Avvenire». Sigue en terapia de un cáncer que no tiene aún curación. Trabaja y lleva una vida normal. Se describe como una laica, no creyente.
El 26 de abril de 2005 «la mujer que había sido hasta entonces había muerto. El examen mostraba un tumor en la médula, un tumor incurable. Me miré en el espejo de casa: “imposible”, me decía; me encuentro muy bien. Logré dormir sólo cuando me convencí de que se trataba de un error», cuenta la especialista.
«Conocí la imposibilidad, de golpe, de trazar cualquier proyecto. Era como tener delante un muro –reconoce la oncóloga–. El futuro sencillamente ya no existía» y «descubrí que existe todavía una palabra tabú, la palabra cáncer», pues «hay quien te teme, como si fuera contagioso».
Vaciló en someterse a terapia, consciente de que no habría curación. «Quería permanecer todavía entre los sanos», dice. Se sucedían las noches difíciles, pues, como alerta, «cuando tienes un cáncer lo que cuenta son las noches». Finalmente eligió la terapia.
«Algo en mí reaccionó. Aún sin meta de curación, prolongar la vida algunos años, de improviso, se convirtió en mí en algo fundamental; quería vivir hasta el final», relata.
«Cambió la conciencia de la vida misma. Cuando estás sano, piensas que eres inmortal. Cuando en cambio tu final ya no es virtual, la perspectiva se da la vuelta», expresa.
«También yo, antes, hablaba de “dignidad de la vida”, una dignidad que me parecía mellada en ciertas condiciones de enfermedad. Como sano se piensa que pasar por que te laven o te den de comer es intolerable, “indigno”. Cuando llega la enfermedad, se acepta hasta vivir en un pulmón de acero. Lo que se quiere es vivir. No hay nada de indigno en una vida totalmente dependiente de los demás. Es indigno más bien quien no logra ver en ello la dignidad», subraya.
En su itinerario por la quimioterapia, la doctora Menard reflexiona sobre el debate de la eutanasia y sobre el caso de Eluana, la joven italiana en estado vegetativo cuyo padre quiere dejar morir.
«¿Pero sabemos que esa joven no tiene ningún cable que desconectar? –advierte la oncóloga–. ¿Que la hipótesis es la de dejarla morir de hambre y sed? ¿Sabemos que “estado vegetativo permanente” no quiere decir que no exista ninguna actividad cerebral? En un reciente trabajo científico se ha demostrado que si se pone ante los ojos de uno de estos enfermos una fotografía de personas queridas, y se hace una resonancia magnética, se ve la puesta en marcha de una actividad cerebral. ¿Cómo se puede decidir suspender la alimentación?».
En síntesis, para la doctora Menard  «cuando te encuentras ahí, cambias de idea» sobre la eutanasia. Insiste en que la verdadera petición de los enfermos es la de no sufrir: «Debe hacerse todo lo posible contra el dolor», pide.
«La verdadera batalla, dice, es contra el dolor. No [una batalla] por una muerte que, en la experiencia amplísima del Instituto de los Tumores, los “verdaderos” enfermos no piden. Reclaman, en cambio, no ser abandonados», escribe «Avvenire».
Y cita de nuevo a la doctora Menard, quien admite: «Temo que la eutanasia pueda ser la lógica que avance si de muchos enfermos, cuando mueren, se dice sólo: “por fin”».

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Lo tenía todo

Publicado por jorgellop en Noviembre 30, 2007

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Leo en la  revista Mundo Cristiano la siguiente noticia. Caroline Aigle, primera francesa piloto de cazas, renunció a un tratamiento de cáncer para salvar su embarazo. Su carrera profesional es un éxito continuo desde sus estudios de ingeniería hasta la preparación que últimamente llevaba a cabo para ser astronauta. Además de su carrera militar, era muy buena deportista: campeona de Francia de triatlón militar, subcampeona de biatlón y cross, etc. Lo tenía todo.

El 12 de setiembre habría cumplido 33 años pero murió el 21 de agosto. Había recibido la noticia de la enfermedad semanas antes, a mediados de julio, cuando ya se encontraba embarazada de su segundo hijo. No hizo caso de los médicos que le aconsejaron abortar para intentar un tratamiento que le alargase la vida.

Junto a su esposo, decidió dar una oportunidad al no nacido y así, Gabriel vino al mundo a principios de agosto, con sólo cinco meses de gestación. Nació con problemas pero tiene bastantes posibilidades de salir adelante.

En su funeral el sacerdote señaló: “Te pareces a Cristo, Caro. Te parecías por tu vida, por tus cualidades: voluntad, gentileza, disponibilidad, pasión; te  parecías como toda persona, te parecías por tus elecciones…”  Recordó que cuando Carolina y Christophe, también piloto,  le buscaron para preparar la boda, le pidieron un texto que no hablara del amor del uno por le otro “sino que tratara del amor que nos abre y lleva a amar a los demás”

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En la sala de espera de un hospital

Publicado por jorgellop en Noviembre 24, 2007

Hace unos días me encontraba en el reparto de Oncología  para hacerme unas pruebas. En la sala de espera del TAC y PET me llamó la atención dos carteles pegados en la pared. Juntos para darse más fuerza. Uno era el anagrama que prohíbe fumar y el otro pedía silencio por respeto a los demás. Una televisión, a buen volumen, facilitaba que se cumpliese esa petición. Todo para evitar escuchar las conversaciones.

En esas salas de espera se palpa la tensión. Normalmente la gente no habla mucho pero el que lo hace llega a conseguir que todos se enteren de su proceso cancerigeno. Hay personas que dominan su propia historia clínica: dan detalles tras detalles. Como si quisieran dar a entender que domina la materia. Sí que suenan los móviles, son  los familiares pero las conversaciones duran poco porque no hay más que decir que se sigue esperando o que ya me he tomado el litro y medio de contraste…Lo que nunca falta es la persona que se enfada y lo exterioriza porque no se cumple el horario de la cita. Se lo cuenta al que tiene a lado, se levanta y acude a la auxiliar que poco le puede decir, vuelve a su sitio para repetir a contar su queja. Menos mal que no da más de sí que unos pocos monosílabos como respuesta porque cada uno tiene allí su propio problema.

Me acordaba del músico Narciso Yepes de su modo ejemplar de estar en una sala de espera. Lo cuenta su mujer en el libro “Amaneció de noche” en el que narra los últimos años de la vida cuando estaba enfermo de cáncer.

“Llevamos un rato en la sala de espera del hospital de día de la Vall d´Hebrón aguardando turno para la quimio.

Narciso, sentado en una de esas sillas asépticas de hospital enganchadas unas con otras de forma que la distancia es suficiente para sentirse cerca del desconocido y lejos del ser que deseas cobijar, está ensimismado.

(…)

Va llegando gente. Madres con niños muy pálidos, jóvenes con la cabeza completamente calva, ancianos, mujeres contándose sus penas  unas a otras. Por la puerta abierta veo pasar a una enfermera que conocemos de otros tratamientos. Yo me levanto como una flecha. Narciso me dice con autoridad:

-No se te ocurrirá pedir que me cuelen.

Me siento de nuevo a su lado (…) Me toma la mano y dulcemente sigue:

-No lo hagas, por favor. Todas estas personas sufren como yo, y yo sufro como ellos. En la enfermedad y en la muerte nadie tiene más importancia. Todos nos encontramos mal y todos tenemos una razón para que nos atiendan antes que a otros. No pongas en aprieto a las enfermeras, tienen mucho trabajo.

Intenta apoyar su cabeza en mi hombro como para soslayar el dolor de su cuello, es casi imposible por la distancia de las sillas enganchadas. Yo me arrimo, sentándome entre los hierros de unión (…)

-Mira a este niño, a él también le ha tocado. Seguramente ya está maduro para el sufrimiento.

El niño juguetea a nuestro lado. Tiene cuatro años (…)

No lo aguanto. Me levanto y salgo al pasillo.

Padre-Madre, Dios nuestro, Cristo que has dado tu vida por nosotros todos, Espíritu Santo, acepta en ofrenda el sufrimiento de todo el hospital, hazlo útil! ¡No es posible que tantos seres sufran en vano! ¡Aunque no entiendan, aunque se desesperen, acepta su tiniebla, acepta la mía ahora mismo, te suplico Padre, por la pasión y muerte, por la resurrección de tu Hijo y Señor nuestro, Amén!

Regreso a la sala de espera. Se han ido llenando todas las sillas de plástico naranja. En cada una, anclado un problema, un sufrimiento irrepetible. Me vuelvo a sentar al lado de Narciso. (…) Abre los ojos y me sonríe, luego la apoya de nuevo sobre mi hombro”

Tod una lección de comportamiento y de acompañamiento.

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Sigue hambriento. Sigue alocado.

Publicado por jorgellop en Noviembre 6, 2007

 Un amigo lleva varias semanas hablándome de este video. Te lo voy a mandar…Hoy me he encontrado con él y me ha dado las pistas suficientes pistas como para encontrarlo.

Steve Jobs,creador de Apple y Pixar Animation, relata en un discurso en la Universidad de  Stanford cómo se enfrentó con un cáncer de pancreas. Aunque son cinco minutos valen la pena. Aquí copio la segunda parte del discurso. La primera también es buena pero son ocho minutos largos…Habla de la familia, del trabajo, etc.

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Tranquilízate que pronto pasará

Publicado por jorgellop en Agosto 24, 2007

Una tarde de febrero de hace siete años, en el consultorio de un radiólogo de Ragusa, me enteré de que mi hija Serenella, de dieciséis años, tenía un tumor en las costillas. La noticia me dejó trastornada y se me clavó una espada en el pecho. Después vino el viaje al Rizzoli de Bolonia, mi terror al verme rodeada de muchachos con el pelo caído que estaban haciéndose radioterapia, las terribles noches en la habitación del hotel, noches en las que me hundía en un túnel negro, aunque dejase siempre la luz encendida.

Y todo esto vivido sin Dios. Durante largos años yo había vivido teniendo por lema las palabras que mi paisano Pirandello pone en labios de la Verdad: «Para mí, yo soy lo que la gente piensa que soy». Esta frase me la había repetido una y otra vez para paladearla y hacerla mía; con ella saboreé el embrujo de la duda y la convertí en el compendio de mis razonamientos sobre el sentido de la vida.

La mañana siguiente a la operación me desperté muy temprano, oí los quejidos de Serenella y me di cuenta de que habían sido sus quejidos los que habían interrumpido mi sueño; salté de la cama y corrí a su lado: estaba aún inmóvil, apoyada en un montón de almohadas y atravesada por una miríada de tubos. Le di un beso, le arreglé el pelo y reanudamos la conversación con los ojos y con gestos, porque la sonda que tenía en la nariz no la dejaba hablar bien. Pero por la noche la situación cambió de golpe: se intensificaron los dolores y las molestias debidas a los tubos y a la postura en que tenía que estar. Lloraba y gritaba. «Tranquilízate, Seré -le decíamos-, que pronto se pasará. Cada hora que pasa es un alivio y te irás poniendo mejor». «¡No habléis! ¡No digáis nada! ¡Sufro demasiado! ¡Me quiero morir, me quiero morir!»

No esperábamos una crisis asi. ¿Qué podíamos hacer, cómo consolarla? No encontrábamos palabras para calmarla. Para su llanto y su aflicción de nada servían nuestras palabras, y todos nuestros esfuerzos por consolarla sólo servían para disgustarla más. Como si su dolor estuviese demasiado lejano para podernos acercar a él de alguna forma: un dolor, no sólo intenso, sino de una naturaleza distinta. Entonces pensé que a las personas que están para morir o que están sufriendo mucho se les dan los consuelos religiosos. No tenía ni la menor idea de lo que había que decir en esos momentos, pero entendí que no había palabras más apropiadas que esas oraciones y esas súplicas. Se me ocurrió que a Serenella, que sabía rezar, podrían hacerle bien algunas lecturas de tipo religioso. Me vino a la mente aquel librito que le hacía leer la maestra en la escuela primaria y del que copiaba algunos párrafos en su diario escolar. No sabía quiénes eran sus autores ni que estuviese dividido en capítulos y versículos. En una palabra, yo nunca había abierto un Evangelio.

«Serenella, ¿quieres que te lea alguna página del Evangelio?», le pregunté temerosa, esperando haber acertado. «Sí, mamá, léeme el Evangelio», me contestó, con tono de entrega y abandono. Mi marido se fue corriendo a pedir uno a los capellanes del hospital. «¿Qué quieres que te lea?», le pregunté, con miedo a no conseguir encontrar fácilmente el pasaje que me pidiese y avergonzada de mi ignorancia. «Léeme la Pasión», contestó. Los pasajes de la Pasión son fáciles de encontrar, están al final, pensé, y eso me tranquilizó. Me senté a su lado y empecé a leer.

Tengo un recuerdo bien vivo de aquel momento. Sólo teníamos encendida una lamparita, de débil luz amarillenta que se proyectaba sobre la pared, para que no la molestase la luz. La postura vertical, el rostro brillante por las lágrimas y reclinado, el pelo largo suelto, los tubos de drenaje que le salían por todas las partes del busto, la sonda que tenía en la nariz, los hilos de Kirsclmer que le sujetaban las costillas operadas, y luego aquel tosco camisón del quirófano que aún llevaba puesto, todo tenía el aspecto de un drama muy similar al que yo estaba leyendo. Lo que se describía en aquellas páginas yo lo tenía ante mí, revivido ahora en la carne de mi hija.

Yo leía: «Lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: ¡Salve, rey de los judíos! Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza». Yo leía lentamente, y mientras tanto Serenella iba dejando de quejarse. Las lágrimas de sus mejillas se secaron. Luego, de pronto, se durmió. La hija se dormía y la madre… ¡se despertaba! Aquella noche dejé de ser atea y empecé a ser creyente. No es que hasta entonces me hubiese rebelado ante el dolor, pero no lo entendía, no entendía su porqué, su sentido. Ahora, la belleza de aquellas páginas y de las palabras pronunciadas en la cruz, y la misma petición de mi hija de que le leyese párrafos de la Pasión, me iniciaron en su misterio y en su sabiduría. Aquella noche empecé a entender todo el encanto que puede existir en el dolor inocente.

Fuente: Raniero Cantalamessa, Querido Padre…

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