volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Blanca como la nieve, roja como la sangre

Posted by jorgellop en julio 15, 2010

Hace unas semanas leí un libro que tiene este título. Una madre se lo regaló a su hijo y, pronto cayó en mis manos. He podido comprobar que gusta. Lo está leyendo una adolescente y le está gustando. Un veinteañero me comentó que era lo mejor que había leído últimamente. Yo no diría tanto. Los que leemos todo lo que podemos somos muy exigentes. Me ha gustado, está bien escrito y refleja un problema nada fácil de ponerlo por escrito: el contacto de un adolescente con el amor y con el dolor. Claramente está por encima de la media de lo que se publica y por tanto es recomendable.

 

He tomado notas y me he quedado con unos textos. Uno es el que copio a continuación. Leo, el protagonista, sufre un accidente y es ingresado en un hospital. En el mismo establecimiento está Beatrice, la chica que le gusta, sometiéndose a una sesión de quimioterapia.

Allí le visita, Gandalf, así llaman al sacerdote de su instituto y mantienen la siguiente conversación:

 

Gandalf también ha venido a visitarme. No me lo esperaba. Tiene veinte mil clases, al menos ocho millones de alumnos, su parroquia y un centenar de años y de kilos que llevar a cuestas todos los días.

Me pide que le cuente qué ha pasado. Se lo cuento todo, también lo de la carta. Me siento a gusto. No le digo que se trata de Beatrice, me voy por las ramas. Me dice que soy un hijo predilecto de Dios. Yo le digo que no quiero oír hablar de Dios, porque si existiese no habría dejado que Beatrice enfermara.

—Si Él es omnipotente y omnitodo, ¿por qué me ha hecho esto? ¿Por qué ha querido hacerme sufrir y hace sufrir a otros como yo que no hacen nada malo? ¿Cómo voy a ser su hijo predilecto? No entiendo a Dios. ¿Qué clase de Dios eres si existe el mal?

Gandalf me dice que tengo razón. ¿Cómo que tengo razón? ¿Lo provoco y me da la razón? Anda… Los curas deberían al menos defender sus posturas. Gandalf me asegura que también Jesús, que era el Hijo de Dios, se sintió abandonado por su Padre, y se lo gritó en el instante de su muerte.

-Si Dios trató así a su hijo, tratará igual a todos los que considera sus hijos predilectos.

¿Qué clase de razonamiento es ese? Sin embargo, no he podido rebatirle, porque eso es —dice Gandalf— lo que cuentan los Evangelios.

-Para cualquiera es fácil concebir un Dios fuerte, no un Dios débil y que además se sintiera abandonado por su Padre en el instante de la muerte.

Gandalf ve la sangre en la carta que tengo cerca de mí sobre la mesilla. Y me dice que le recuerda su crucifijo: una carta dirigida a los hombres, firmada con la sangre de Dios, que nos salva con esa sangre. Detengo a Gandalf, si no me suelta un sermón de nunca acabar y no creo que sea lo procedente. Eso sí, me lo ha puesto difícil y además la idea de la sangre me gusta. Como he hecho  yo con Beatrice. Puede que sea lo único cierto en toda esta chachara sobre Cristo: el amor consiste en dar la sangre. El amor es rojosangre.

—Leo, no hay una respuesta convincente para el dolor. Sin embargo, desde que Cristo murió por nosotros en la cruz existe un sentido. Existe un sentido..

Cuando ya se ha marchado, reparo en que se ha dejado su crucifijo sobre la carta para Beatrice. Detrás de aquel trozo de madera en forma de T está escrito «Dar la vida por los amigos es el mayor amor que hay». No está mal como frase. Quiero recordarla.

 

 

 

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Una respuesta to “Blanca como la nieve, roja como la sangre”

  1. Ignacio Arroyo said

    Hola Don Jorge:
    ¿Me puede enviar su email y teléfono a nacharroyo@yahoo.es?
    Un fuete abrazo
    Ignacio (Pirroyo)

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