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Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

¿Cuántos kilómetros recorres para ir a Misa?

Posted by jorgellop en septiembre 9, 2010

Con frecuencia escucho que no he podido ir a Misa porque la iglesia está lejos o que hay que coger el coche. Este testimonio en la juventud de un obispo, como otros que he leído,  me resultan siginificativos.

Si damos contenido a la Misa, si se va descubriendo el sentido que tiene, los sacrificios que hacemos para asistir son menores. Es mucho más lo que se gana que lo que se pierde. Me parece que no es una respuesta valida que la misa no me diga nada…hay que poner medios para que cada día nos diga más cosas.

 

Monseñor Schneider, nació en Kirguistán, donde sus padres alemanes habían sido exiliados por el régimen comunista. En 1973, emigró a Alemania, y pronto pasó a Austria para entrar en el monasterio de los Canónigos Regulares de la Santa Cruz.

“Mis padre eran de los asentamientos alemanes en el Mar Negro, cerca de Odessa, y al final de la Segunda Guerra Mundial, el ejército alemán llevó a todos estos alemanes, trescientos mil, a Berlín para protegerlos de los rusos.

Y cuando el ejército ruso ocupó Berlín se llevó a esta gente como “trabajadores forzados” a tres lugares: Kazajstán, Siberia y los Montes Urales.

Mis padres fueron enviados a los Urales, donde fueron obligados a trabajar, y es un milagro que sobrevivieran. Cuando fueron liberados se trasladaron a Asia Central, que formaba parte de la Unión Soviética, en la República de Kirguistán, una pequeña república cercana a la frontera china, justo por debajo de Kazajstán.

Allí nací y pasé mi niñez. Luego fuimos de Kirguistán a Estonia, que todavía era parte de la Unión Soviética. Allí viví cuatro años.

Teníamos una iglesia que estaba a cien kilómetros y teníamos que recorrer esos cien kilómetros para ir a la Santa Misa.

–¿Cien kilómetros cada domingo?

Una vez al mes, porque era demasiado caro para nosotros. Éramos cuatro hijos y nuestros padres.

–¿Cómo iban? ¿En coche?

En tren. Pero incluso así era peligroso, porque, durante aquellos tiempos, el gobierno comunista prohibía a los niños participar en la Santa Misa.

Sólo se permitía ir a los adultos, pero nosotros éramos cuatro hijos y, por ello, mis padres tomaban el primer tren por la mañana cuando todavía era de noche de manera que no fuéramos visibles para los demás. Para mí aquel primer tren es inolvidable.

Yo era un niño de entre 10 y 12 años, y estas excursiones y viajes para ir a Misa eran inolvidables. Y luego volvíamos tarde en el último tren, de noche.

Estos domingos los pasábamos con el sacerdote de nuestra parroquia que tenía sólo una pequeña habitación –no una casa sino sólo una pequeña habitación–: tenía su cocina, su dormitorio y su biblioteca, en una habitación. Pasábamos el tiempo allí, porque éramos la familia que venía de lejos.

Allí hice mi primera confesión y mi primera comunión con este santo sacerdote que había estado preso antes en Karaganda.

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