volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Un nuevo hijo es siempre una alegría, nunca un problema

Posted by jorgellop en octubre 25, 2010

Leí hace unas semanas esta historia que reproduzco.

Apenas llevábamos un año viviendo en Madrid. Sin familia, ni amigos, dos niños pequeños, una hipoteca enorme y el sueldo casi mísero de un policía nacional. Cualquier nimiedad se convertía en un inmenso problema que derivaba en eternas discusiones. En aquella situación comencé a sentir las náuseas que padecía durante los embarazos. No quería ni tan siquiera aceptar que, de nuevo, me encontraba en estado, con un chiquitín de dieciocho meses, una niña de cinco años y yo, con treinta.

¿Qué error había cometido? Seguramente se trataba de un retraso normal, pero las náuseas aumentaron. Compré un test de embarazo, crucé los dedos, esperé sin querer mirar y, finalmente, apareció una línea intensamente rosa. Lloré, me calmé y volví a llorar.

La vida resultó difícil desde que decidí acompañar a mi marido a su destino en Madrid. Había abandonado una bonita casa al lado del mar, un trabajo y mi sol de Andalucía. En mi cabeza resonaban palabras como libertad, realización personal, independencia.

En Madrid me había convertido en una sombra de mis hijos. ¿Dónde quedaban mis sueños? ¿Qué hacía transformada en un ama de casa que sólo cambiaba pañales y ponía lavadoras? Mi destino se alejaba de lo que había imaginado.

Ante esa pesadumbre, la solución me pareció tremendamente fácil: abortaría. Así, sin más. Era una de las opciones que se me presentaban como mujer moderna; no hacía más que luchar por mi propia vida. S 1. Si algún día lo deseaba. Entonces concebiría ese hijo. Había escuchado hasta la saciedad que las mujeres teníamos derecho a una reproducción responsable y a no dejamos someter a una obligación que la naturaleza nos imponía y que, de manera machista, liberaba al hombre.

Me repetía una y otra vez esas ideas pero, mientras, seguía brando. Mi marido y mi madre, con ciertas dudas, apoyaban mi decisión como un mal menor ante mi angustia. Fue mi padre el único que, tras escucharme atentamente, me dijo con voz tranquila:

-Rosa, no olvides que un nuevo hijo es siempre una alegría y nunca un problema.

Estas palabras tan sencillas me hicieron cambiar de opinión. Mi padre, que había defendido una actitud pro abortista, que tanto criticaba a la Iglesia; él, tan progre, la vida misma —tras perder un hijo en un accidente de coche— le había dado esta lección.

Solicité hora en el ginecólogo. A pesar de que la decisión estaba tomada, mi cara reflejaba una vergüenza tremenda, como una niñata alocada que no supo prever un embarazo. Cuando entré en la consulta, comenté con la cabeza gacha que me encontraba en estado. Entonces, el doctor, esbozando una sonrisa, me felicitó y dijo que le parecía estupendo que siendo joven fuera a tener ya el tercer hijo. Orgullosa, pasé a una salita donde me hizo la primera ecografía.

Aquel ser minúsculo con forma casi humana y al que le latía el corazón, aquel ser tan precioso e indefenso… era mi hijo, y yo, su madre, había estado a punto de arrancarle la vida. Aunque persistían problemas como la soledad, la falta de dinero y la incertidumbre por el futuro, mi visión de la vida se había transformado y me sentía esperanzada.

Por fin se acercó el momento del parto. El cielo y la tierra se conjuraban para lograr algo mágico. Con el nacimiento de nuestro hijo llegó un nuevo destino para mi marido, a quince kilómetros de nuestra casa en Cádiz. Esos preciosos ojitos azules cambiaron la visión con la que yo miraba la vida.

Cada día doy gracias a Dios por haberme iluminado,  por haberme ayudado a no abortar. Mi niño, Pablo, ha llegado como un regalo del cielo.

ROSA FERNANDEZ SÁNCHEZ

 

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