volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

ACOMPAÑANDO A BENEDICTO XVI CUANDO LOS OJOS VEN

Posted by jorgellop en noviembre 9, 2010

Este es un relato contado por Ellen McCormick. Largo pero bueno.

Mi mamá proviene de una familia católica y numerosa, la familia Connor; de la cual ella, a los siete años, y dos de sus hermanas, se quedaron ciegas debido a una enfermedad de la vista. Afortunadamente esto no ha sido nunca un obstáculo para ella, sino todo lo contrario, ha sido una gracia muy especial y una bendición.

A pesar de su ceguera, siempre ha sido una persona normal, estudiando, viviendo y trabajando en el extranjero, adoptando niños además de los suyos propios, etc. Espiritualmente, ha sido un constante medio de fortalecer su fe y su amor. Me resulta imposible pensar en mi madre sin pensar en Jesucristo al mismo tiempo, pues siempre ha vivido en unión con Él y con su confianza puesta en Él.

 Nunca olvidaré una conversación que tuve con ella cuando yo tenía 5 años. Por primera vez me di cuenta de que ella nunca había visto ni a mi papá, ni a mi hermano, ni a mí, y esto me preocupó un poco. Yo quería que ella me viera, que se diera cuenta cómo era. Le pregunté si le resultaba difícil el no poder ver a la gente y ella me sentó sobre sus piernas, me abrazó y me respondió: «Ellen, claro que quisiera verte. Pero a la primera persona a la que voy a ver cara a cara será a Jesucristo. Este es un regalo muy especial que Él me ha otorgado y no quiero que nadie me lo quite. Estoy esperando ese momento en que lo podré ver».

Al escuchar, el 19 de abril, que el Cardenal Ratzinger era ahora el Papa Benedicto XVI, recordé otra conversación que tuve con ella, esta vez cuando yo ya tenía 12 años, (ahora tengo 19). Mi madre siempre había querido mucho al Cardenal Ratzinger, así que todos estábamos muy familiarizados con su persona.

Cuando mi hermano y yo nos portábamos mal o perdíamos el tiempo, nos ponía como compensación, escuchar casetes del Cardenal o de Fulton J. Sheen. Después de escucharlo, mi mamá nos pedía que le hiciéramos el resumen de lo que habíamos aprendido. En una ocasión, después de haberle dicho mi resumen, mi madre empezó a hablar de él y de una de sus obras. Me parecía aburrido lo que estaba diciendo y yo sólo quería salir a jugar, así que le dije que ya estaba cansada del Cardenal Ratzinger. Inmediatamente me cogió de los hombros y me dijo: «Ellen, escúchame. No vuelvas a decir eso sobre el Cardenal Ratzinger. Él es un hombre de Dios. Además, es un sacerdote de Dios, y un sacerdote muy santo. Nunca puedes hablar mal de una persona porque nunca sabes el plan que Dios le tiene preparado. ¿Y si Dios quiere que él sea el próximo Santo Padre? Va a haber un día en que Juan Pablo II se encuentre con Jesucristo en el cielo y, entonces, tendremos un nuevo Papa aquí en la tierra. ¿Y si Ratzinger fuera el elegido por Dios para cumplir con esta misión? Uno nunca sabe. No puedes hablar mal de alguien a quien Dios ama. Tu tienes que pedir mucho por Juan Pablo II, por el próximo sucesor de Pedro, así como por el Cardenal Ratzinger y por todos los pilares de la Iglesia que fielmente cumplirán con el plan que Dios les tiene preparado».

En una ocasión, unos años más tarde, regresé a casa por la noche. Durante esa semana se había hablado de la posibilidad del que el Cardenal Ratzinger se retirara. No sabía bien si la información era creíble o no, sin embargo, sabía que mi madre estaba pidiendo mucho por él. Entré a casa de puntitas, para no hacer mucho ruido y no despertar a mi madre. Pero me di cuenta de que no estaba dormida, sino de rodillas con el rosario entre las manos, rezando por el Cardenal Ratzinger.

No parecía haberse percatado de mi presencia, ya que continuaba con su oración en voz baja: «Señor, no dejes que se retire ahora, es sólo una tentación, no lo dejes caer en ella. Ya ha hecho mucho por la Iglesia, pero todavía no ha cumplido su misión. Lo necesitamos, Señor. Dale tu gracia. Dale la gracia que yo le puedo alcanzar por medio de mis oraciones y sacrificios, y de cualquier sufrimiento que me quieras mandar. Dale la gracia que necesita para completar la misión que le has confiado. No estará solo; yo lo acompañaré con mis oraciones. Dale la gracia para que cumpla Tu voluntad. María, madre mía, te lo encomiendo a ti. Tú que acompañaste a tu Hijo al pie de la cruz, acompáñalo una vez más en la persona del Cardenal Ratzinger. Confío en Ti. Haz lo que tu Hijo quiera. Haz lo que te diga».

Jamás olvidaré esas palabras y esa plegaria de mi madre, especialmente después del 19 de abril del 2005, fecha en que, tras la muerte de Juan Pablo II, Ratzinger, elegido por Dios desde toda la eternidad, fue elegido en el Cónclave para ser el 265 Papa de la Iglesia Católica. Me da mucha paz el saber que ha sido acompañado por las oraciones de mi madre por tantos años, y que ahora continúa siendo fiel y cumpliendo la misión que le ha confiado Dios.

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