volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

William Rodríguez, de barrendero de las Torres Gemelas a héroe nacional

Posted by jorgellop en diciembre 14, 2010

Antes de que el edificio se le cayera encima, salvó personalmente a quince personas y colaboró con los bomberos en la evacuación de centenares atrapadas en las Torres Gemelas. Consiguió que parte de los fondos del 11-S fuera para la comunidad latina y recaudó más de 120 millones de dólares para las víctimas inmigrantes, pobres, sin seguro o sin empleo, pese a que él, héroe nacional, estaba viviendo debajo de un puente. Hollywood le ofreció hacer una película de su vida.

Ha narrado su historia en el II Congreso de Jóvenes ‘Lo que de verdad importa’.

Su vida antes del 11-S

Dejé Puerto Rico en busca de una oportunidad en EE.UU. como ilusionista, pero cuando llegué me di cuenta de que había demasiados magos y acabé de barrendero en las Torres Gemelas.

¿Era usted feliz?

Me encantaba el baile y las mujeres, ayudar a los demás no se me pasaba por la cabeza. Era el encargado de limpiar las escaleras de toda la Torre Norte (110 pisos). Aquella mañana, 11 de septiembre, llegué media hora tarde y eso me salvó, porque yo desayunaba en la cafetería, arriba, con mis amigos.

La vida es arbitraria.

Estaba en el sótano, una explosión nos levantó del suelo: el techo se derrumbó y comenzó a caer agua. Vi venir a un hombre gritando con las manos extendidas de las que colgaba algo ensangrentado: era su piel arrancada desde las axilas hasta los dedos.

Ahórrese los detalles, por favor.

Nadie quería tocarlo por el miedo al sida, lo envolví en toallas. ¡Pam!, otra explosión. En la oficina había catorce personas histéricas.

Tomó el liderazgo.

Sí, los conduje fuera del edificio y entonces miré arriba y vi el agujero, el fuego y el humo. “¡Mis amigos del restaurante!”, grité, cogí la radio de un policía y entré en la Torre Sur, donde estaba la oficina de emergencia.

¿Vacía?

Sí. Empecé a sacar a gente: una muchacha que no quería irse por miedo a que la despidieran; dos hombres atrapados en un ascensor, pero en los 103 ascensores había muchos más: sus gritos todavía me despiertan.

 Consiguió salir, ¿y entró de nuevo?

Varias veces. Yo tenía una de las cinco llaves maestras del edificio, el resto las tenían los expertos en evacuación del edificio, pero fueron los primeros en salir corriendo.

Usted abrió las salidas de emergencia.

Sí, para que los bomberos evacuaran a la gente, muy malherida, llena de cristales; las comunicaciones no funcionaban, sólo dos frecuencias para todos los bomberos, por eso murieron tantos, nunca recibieron la orden de abandonar el edificio.

Siguió subiendo.

En el piso 33 encontré a una señora paralizada a la que pude salvar; volví: en el 39 encontré a un parapléjico y un policía me pidió que lo sacara.

¿Por fin salió?

Cuando llegue fuera, la Torre Sur ya había caído, había polvo por todas partes. “¡No mires atrás y corre!”, me gritaba la policía.

Fue el último hombre vivo en salir.

Me rescataron ileso. Justo después los neumáticos del camión explotaron. Entonces me encontré con un micrófono en la cara. Mi historia dio la vuelta al mundo, y a la semana, en el centro de ayuda a las víctimas, los hispanos me pedían que los tradujera. Eran tantos que decidí organizarlos, y así se creó el primer grupo de supervivientes del 11-S. Lo que aprendí limpiando la oficina del gobernador me fue muy útil.

¿Por qué lo hizo?

Era mi respuesta a la pregunta de por qué yo sobreviví y no ellos, todos mis amigos. Yo era la imagen de los anuncios de la Cruz Roja para recaudar dinero para los 2.274 emigrantes que no fueron contados, ya sabe: camareros, limpiadores, cocineros.

¿Qué recibió usted?

Nada, e invertí todos mis ahorros yendo a Washington para pelear por las víctimas porque era lo que me mantenía fuera de la angustia. Así que acababa las conferencias de prensa, me quitaba la corbata y me iba a vivir debajo de un puente.

¿Un héroe nacional bajo un puente?

Hasta que alguien llamó a la BBC y se montó el escándalo. A partir de entonces creé mi propia organización. El dinero de las conferencias es para los damnificados, salvo un 20% que me reservo para vivir.

¿Qué aprendió?

Que ante las dificultades debes mantener tu visión de lo que es correcto, que la compasión humana es más duradera que la violencia, que ayudar a los demás te sana. Si me hubiera encerrado en mi dolor, ahora estaría recibiendo ayuda psicológica.

¿Qué les dice a los jóvenes?

Que la motivación, la disposición y el entusiasmo han hecho que un barrendero cambiara la vida de muchas personas, ¡qué no podrán hacer ellos bien preparados!

¿Cuál ha sido la gran lección?

Ser consciente de que vivo un tiempo prestado. Si se acaba mañana estoy en paz, he hecho lo correcto y estoy preparado para lo que venga, ya nada me sorprende.

 Fuente: La Vanguardia

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