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Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

La Generación JMJ

Posted by jorgellop en abril 7, 2011

 

Hace unas semanas terminé de leer los testimonios aparecidos en el libro “La Generación JMJ”. Recoge distintas historias de personas que con su presencia, en esas jornadas, ha supuesto un vuelco en su vida.

Un ejemplo es la que transcribo:

En el capítulo tres, se relata la historia de un matrimonio holandés cuyo mutuo amor surgió a orillas del Rin, en la JMJ de Colonia 2005. Son Pascal y Eva Kolk, 34 y 29 años. Eva dejó la práctica católica a los quince años y a los diecisiete dejó de estudiar aunque seguía en búsqueda.

Un día decidió hacer el Stille Omgang por Amsterdam, un recorrido que en el siglo XVI sustituía a las procesiones católicas cuando fueron prohibidas tras la reforma protestante. Rezó a Dios y le pidió que le mostrara el sentido de su vida. Se dio cuenta de que quería ser policía y empezó de nuevo a estudiar. Se siente feliz en su profesión.

Un día de enero de 2005, su abuela Grard le dijo si le gustaría asistir a la JMJ de agosto en Colonia.

“Es una mujer muy religiosa y me confesó –relata Eva- ¡que le encantaría ser más joven para acudir al encuentro con el Papa! Quería que yo pudiese disfrutar de una experiencia así y me prometió que me pagaría el viaje. Pero hacía muchos años que yo no ponía un pie en la iglesia y le dije que no me apetecía ir”.

A los pocos días, repensó la invitación y se dijo que no tenía nada que perder y que, si no le gustaba el ambiente, volvería a Holanda. Sus amigos empezaron a gastarle bromas cuando se lo contó. Se apuntó al plan conjunto de su diócesis, Rotterdam, y la de Haarlem. Realizarían el viaje en barco.

Cuando llegó el momento de zarpar, se encontró con la sorpresa de que en el barco ¡viajaban más de doscientos jóvenes! Les dividieron en pequeños grupos con un responsable cada uno. El jefe de su grupo era su párroco, al que no conocía. Empezaron a tener reuniones en las que compartían “sin rubor –subraya Eva–, a pesar de que no nos habíamos visto antes, sentimientos íntimos, dudas de fe, inquietudes… Yo era la única que tenía una noción muy precaria de la fe católica, pero todos me acogieron muy bien y me hicieron sentir muy a gusto”.

“Pronto me fijé en un chico, Pascal, pero decidí no interesarme demasiado por él porque estaba un poco harta de los hombres. Mi experiencia del amor no había sido buena, siempre había terminado herida y ahora prefería estar sola. Además, en Colonia quería centrar mi vida en otros aspectos. Pero Pascal y yo conectábamos muy bien y nos reíamos mucho juntos. Cuando comenzó a preguntarme demasiadas cosas personales le dejé claro que aquel no era el momento adecuado para el amor. Enseguida me arrepentí porque empezaba a sentir algo muy fuerte por él”, relata Eva.

El 17 de agosto, víspera de la llegada del Papa, decidieron escaparse a comer a un restaurante de comida rápida. Hablaron de todo menos de sus sentimientos. “Yo tenía miedo de dar el primer paso y ser rechazada por él. Pero, de vuelta al barco, sucedió lo inevitable y nos cogimos de la mano. Desde entonces Pascal y yo no nos hemos separado. Nos casamos el 4 de septiembre de 2008”.

Benedicto XVI entró en Colonia en un barco que pasó muy cerca del suyo, así que le pudo ver muy bien. “Fue un momento increíble: el sol brillaba en el cielo, miles de personas le esperaban en las orillas del Rin, jóvenes sonrientes cantaban y le aclamaban a su paso”.

“La JMJ de Colonia me cambió totalmente. Practicar la fe no siempre es fácil para mí; en ocasiones la veo como una lucha demasiado dura. Pero en la JMJ comprendí que Dios siempre está ahí, y que ha estado junto a mí durante toda mi vida aunque yo le había ignorado porque pensaba que no le necesitaba. Mi abuela tuvo mucho ojo: sabía que yo no era feliz y quiso que experimentara la alegría de la fe. Le estoy muy agradecida porque, además, por su empeño conocí a Pascal, el amor de mi vida”, concluye Eva.

Pascal, nació en 1976 en Amsterdam y trabaja en un banco holandés. Es católico practicante desde siempre, aunque su fe, relata, “se ha movido como el vaivén de una ola”. “Unas veces ha sido importante en mi vida, otras menos; en ocasiones me ha supuesto mucho esfuerzo practicarla, en otras ha sido una bendición”.

En 2004, hubo en su ciudad una gran campaña publicitaria de la JMJ de Colonia. Pascal estuvo en las de París y Toronto, así que no veía la necesidad de ir a una tercera. Pero, según se acercaba la fecha, le entró el gusanillo “¡y en el último momento me apunté con el grupo de mi diócesis!”, relata.

“No tenía novia: las cosas no me habían ido muy bien en ese sentido en los últimos años”, dice. En el barco, le impresionaron “los testimonios de vida tan sinceros que los diez jóvenes de mi equipo iban contando a los demás, a los que apenas conocían”. “Una de las chicas del grupo era Eva: desde el primer momento nos encontramos muy a gusto juntos”, reconoce.

Pascal añade a lo que relata su esposa: “Ambos queríamos tener alguna prueba de que estábamos hechos el uno para el otro. Puede parecer una tontería pero a Eva, que le encantan las mariposas, no le pasaron desapercibidas unas cuantas que volaron varias veces a nuestro lado… ¡algo realmente extraño en pleno mes de agosto en Colonia! Y en cuanto a mí, que soy fan de los tractores, me pareció increíble que, cada vez que me sentaba con Eva junto al Rin, ¡pasaban barcos cargados con tractores!”.

“Fuera de bromas, los dos estamos seguros de que fue Dios quien nos puso juntos en el camino en cuanto le abrimos nuestros corazones”.

“Vivir una JMJ enamorado fue una experiencia maravillosa. Nunca olvidaré la primera misa en la que estuvimos juntos como pareja: recuerdo el precioso sermón del obispo de Paramaribo, Surinam –recuerda–. Sus palabras, junto con mis sentimientos hacia Eva, me llenaron de una enorme alegría. Tres años después nos casó el sacerdote guía de nuestro grupo”.

“Es una suerte compartir la fe con mi esposa: es un valor añadido a nuestro matrimonio. En la JMJ descubrí también que hay muchos jóvenes en el mundo dichosos de vivir la fe católica; saber que ellos están ahí, que yo no estoy sólo, me llena de fuerza cada día”.

 

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