volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Otro favor en vida de Juan Pablo II

Posted by jorgellop en mayo 4, 2011

Vamos concociendo distintos favores en los que Juan Pablo II es el protagonista. Este lo cuenta Pedro-Juan Viladrich.

Estando en Roma, a principios de noviembre de 1994, ciertos colegas de la Universidadde Lublin —que eran amigos personales de Karol Wojtyla de su época universitaria— me consiguieron una invitación para la misa matutina del Papa. La del día siguiente. En horas, mi familia se vino desde España y a las cinco de la madrugada, perdida la esperanza de un taxi, corrimos como galgos desde piazza Roronda hasta el Vaticano. Llegamos exhaustos, sudorosos y por los pelos. El Papa ya estaba en la pequeña capilla, en su reclinatorio frente al altar, rezando con sus papelitos.

 Éramos pocos, apenas mi familia y dos monjas. Empezada la misa y tras la consagración, nos sobresaltó un estruendo. Mi nuera Julia se había desplomado desvanecida. En ayunas, la carrera por las calles y, sobre todo, su embarazo de mes y medio de su primer hijo, mi nieto Álvaro. Con la ayuda de las monjitas, la llevamos a una salita contigua donde quedaron cuidándola las religiosas. El Papa pareció no inmutarse, pero al terminar la misa se fue derecho donde estaba mi nuera. En la distancia corta, Juan Pablo II desprendía una hombría y una naturalidad muy atractivas. Era un tipo auténtico. Puso sus manos sobre el regazo y luego sobre la cabeza de Julia y bendijo uno y otra.

No cuento esto por tener un nieto bendecido, cuando crecía para nacer, por un Papa y encima beato, pese a que reconozco que no es moco de pavo. Julia padecía una malformación tumoral de gran tamaño —como un coco— que ponía en riesgo su embarazo, el parto y su futura maternidad. En fin, una de tantas angustias de las familias de todo el mundo. Nada de ello se le dijo al Papa, aunque él se fue derecho a bendecir al niño en el vientre y a Julia en la cabeza. La escena nos electrizó a todos, pues sentimos cada uno aquella ganzúa con la que te abría el alma y te la disponía a Dios. Llegado el tiempo, mi nuera alumbró a Álvaro, sanos y salvos ambos, y se le extirpó el tumor, de modo que pudo ser de nuevo madre. Siempre hemos considerado la cosa como un favor de Juan Pablo II y su recuerdo sigue conmoviéndonos el corazón hasta las entretelas. ¿Beato en sólo seis años? ¿Qué quieren que les diga? Para mí, santo súbito.

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