volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Domund: 14 mil misioneros españoles se merecen este artículo y más

Posted by jorgellop en octubre 21, 2012

Artículo publicado por ABC y firmado por Juan Manuel de Prada.

Recordemos en esta festividad del Domund a ese ejército de hombres y mujeres que llevan el pan de vida allá donde los buitres no alcanzan

AL colegio donde estudié acudía cada año a darnos una charla, allá por las vísperas del Domund, un misionero o misionera que llevaba media vida en algún paraje del atlas del que ni siquiera teníamos noticia. Eran hombres atezados y enjutos, mujeres frágiles y menudas que nos hablaban de su vocación, sobreviviente de mil penalidades y escollos.

Nos hablaban de poblados extraviados en la selva donde desconocían la electricidad y el agua corriente, de escuelas como chamizos en las que enseñaban el alfabeto y el catecismo, de hospitales siempre escasos de medicinas donde pululaban las enfermedades más indescifrables; nos hablaban de hambrunas y sequías, de éxodos y guerras atroces que ni siquiera aparecían fugazmente en los telediarios; nos hablaban de niños famélicos y de ancianos que se extinguían entre los miasmas de la fiebre.

Y nos hablaban de Cristo, copiado en el rostro de cada uno de aquellos pequeñuelos sufrientes, multiplicado eucarísticamente en las llagas de cada enfermo, en el llanto desgarrado de cada niño huérfano, en el llanto exultante de cada mujer parturienta.

En aquellos misioneros, la fe era una aventura llena de riesgos; la esperanza, una lámpara siempre encendida; la caridad, un tesoro ávido de brindarse que nunca dimitía de su fulgor. Incluso cuando hablaban de los padecimientos más horrendos lo hacían con una alegría que les cabrilleaba en los ojos; y cuando les preguntábamos si no echaban de menos a sus padres y hermanos, a los amigos de la juventud que habían dejado en España, nos respondían que casi tanto como en ese momento echaban de menos a los amigos que habían dejado por unos días allá en los confines del atlas, donde pronto esperaban regresar.

Estaban unidos a aquellas gentes por lazos más ardientes que la consanguinidad; o tal vez por lazos de una consanguinidad más indestructible, porque nacía de la sangre derramada en el Gólgota. Y nos confesaban que, por cada día que pasaban lejos de aquellos parajes donde su vocación había hallado arraigo, sentían que se amustiaban y que les faltaba el aire. Lo decían sin jactancia, incluso con una tímida perplejidad, como si ellos fuesen los primeros sorprendidos de aquella dependencia. Y siempre nos repetían que recibían mucho más de lo que daban; nos repetían que su vocación era la más alta recompensa imaginable.

Aquellos misioneros estaban hechos de una pasta especial. O, mejor dicho, estaban hechos de la misma pasta que estamos hechos todos, del mismo barro quebradizo y débil; pero sobre ese barro palpitaba un ímpetu divino que los empujaba a arrostrar las empresas más difíciles y abnegadas. Los admiré mucho en la infancia, como se admira a los héroes de las mitologías; y los admiro mucho más ahora, porque sé que sobre sus cuerpos atezados y enjutos, frágiles y menudos, descansa y encuentra reparación el dolor del mundo.

Son un ejército desplegado para sanar los corazones quebrantados y llevar palabras de vida eterna a quienes han sido privados de consuelo. Si los medios de comunicación dedicasen a su epopeya silenciosa la misma atención que dedican a airear los más triviales escándalos eclesiásticos no habría periódico o telediario que diese de sí; pero en la naturaleza del buitre está alimentarse de carroña, como en la del hombre alimentarse con el pan de vida.

Recordemos en esta festividad del Domund a ese ejército de hombres y mujeres que llevan el pan de vida allá donde los buitres no alcanzan. Todo lo que de nosotros reciban nos será devuelto por centuplicado.

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