volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Me llamo Thierry, me quedan tres meses de vida.

Posted by jorgellop en noviembre 2, 2013

Se llamaba Thierry, me lo dijo nada más entrar por la puerta de mi despacho. No llegaba a los 50 años, era muy

alto y casi tuvo que sortear el dintel para dirigirse a mí: «Me llamo Thierry y me han dado tres meses de vida,

no soy creyente y me gustaría saber cómo vivir este tiempo de espera». Así empezó todo. Me gustó esa exposición

tan preclara, porque no me propuso cómo morir, sino cómo vivir. Más adelante sabría que era un hombre de una

extraordinaria sensibilidad.

En un principio, Thierry y yo empezamos a vernos con tiento, adivinábamos con

lentitud quién era quién, y qué se podía esperar del otro, porque lo nuestro no iba a ser un entretenimiento de

sobremesa, sino la apuesta por una escalofriante sinceridad. Empezamos por la belleza de la música, hablamos

de Schumann, Brahms, Beethoven, los clásicos franceses. Thierry era muy francés y le gustaba el impresionismo

de Debussy. Compartíamos muchas aficiones, y la música siempre era tema recurrente.

Poco a poco, ascendimos por la ruta de la belleza, que siempre consigue guiar a nuevos miradores. Y en

algunos descansos le hice saber de Dios, de la belleza que prima en la torrentera de cualquier caos. Y así fuimos

quitando follaje al bosque por donde nos adentrábamos. Y yo le decía, con la misma ausencia de énfasis con

que la madre cede una pieza de fruta a su hijo, que esa belleza llevaba rostro humano y tenía un corazón que

latía por él, por ti, Thierry.

Es conmovedor asistir a la capacidad de escucha de un ser humano cuando quiere

con sinceridad una respuesta y no disfruta con el mejunje de la discusión. Aprendió a rezar, fue todo muy lento,

porque tres meses son en el fondo muchos días y muchas noches. Por el deterioro progresivo de su salud, dejó

de venir a la parroquia, las conversaciones las teníamos en su casa. Al final, hablábamos a los pies de su cama,

donde le faltaba la respiración y todo se hacía más lento, quizá mucho más hermoso.

Una tarde, sentado en el suelo, escuché su vida en confesión. En toda mi vida sacerdotal, jamás he oído una

confesión tan llorada y tan esperanzadora. Cuando le di la absolución, nos quedamos en el silencio de los que han

andado mucho y, después de comer, apenas les queda hálito para pronunciar palabra. Yo le dije que afuera, detrás

de la ventana de su habitación, hacía calor, que ya asomaba la primavera. Él me hizo un gesto con las cejas, las

alzó levemente. Interpreté aquello como que había alcanzado tanta comprensión y tanta dulzura dentro, que

lo de fuera, ¿dónde quedaba ya? Pusimos música y murió. Murió así, sin llamar la atención. Thierry aprendió

a vivir. Desde entonces, cada vez que hablo con un enfermo de cáncer siempre le pregunto cómo quiere vivir,

porque para morir hay que pasar por una nueva vida.

Javier Alonso. Alfa y Omega

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