volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Abrázame, con hueco para respirar (I)

Posted by jorgellop en marzo 1, 2015

 

Me han pasado esta historia con mensaje. Como es un poco larga, la divido en dos. 

 “Erase una vez una niña que quería aprender a montar en bicicleta. Su padre empezó a enseñarle y se dio cuenta de que ella podría caerse, hacerse daño o darse golpes.

Al hacerse consciente de estas amenazas, decidió que nunca soltaría el sillín y así le daría equilibrio. Tampoco quitaría su mano del manillar para marcar bien la dirección. Él sabía lo que su hija quería, la felicidad, y ahí estaba él para conseguírsela.

Conforme lo hacía, notó también que su miedo a que se alejara de él cuando supiera pedalear o se encontrara sola ante el peligro, disminuía. Lo importante era que ella estuviera segura y no se desviara.

Su vocación de padre estaba clara, no quería ser el culpable de los problemas de su hija. Ya sabes, los hijos de hoy en día luego se revuelven, como los cerdos a los que echas perlas”.

Me acordé de nosotros. De cómo me acompañabas por detrás sujetando sillín y manillar. Me animabas a mirar al frente, no al suelo. Luego tú sillín y yo manillar. Y un día estaba yo solo pedaleando. Me alejaba de ti y luego volvía. Me daba el aire en la cara. Nos reíamos. Ahora podía elegir si irme muy lejos con la bicicleta que tú me habías dado. Tú me habías facilitado que mi libertad aflorara, ¡qué responsabilidad!

Los de la historia triste se lo pasaban bien al principio. La hija agradecía ese apoyo tan sólido. Se fue haciendo mayor y empezó a pedir que le fuera soltando, así aprendería de verdad. “Ya te dejo pedalear”, le argumentaba papá, “somos un equipo”.

Explicó a su niña que era por su bien y que le costaba su esfuerzo. “No creas que no es cansado estar todo el día acompañándote, ya me gustaría a mí que supieras montar en bici”. En la oficina, los compañeros compadecían al padre: “hay que ver tu hija, que no termina de crecer, qué cruz”.

La niña iba en “bici con padre incluido” a la facultad y a las fiestas. Algún chico se le acercó, pero notó algo raro, como si no fuera ella del todo o como si hubiera más personas en torno a ella. Se lo dijo: “parece que no terminas de llenar los pulmones para respirar”.

Este cuento podría ser la biografía de tantos pacientes que piden ayuda en búsqueda de su autonomía, a los que “este exceso de atención y cuidado” ahoga y no deja respirar. Si me abrazas demasiado fuerte, me ahogas.

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