volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Después de una borrachera…

Posted by jorgellop en julio 12, 2015

Me han recomendado que lea el libro “Mis hermanas las santas” de  Colleen Carroll Campbell.

Como no quiero perder el tiempo, he procurado leer algunas críticas. Todas se resumen en pocas palabras en la evolución  que sufre una universitaria después de una borrachera. El cambio, encontrar sentido a su vida,  de esta periodista dura quince años y se realiza gracias a un encuentro personal con unas santas.

Estas son sus primeras páginas:

Aún recuerdo el vestido de tirantes que llevaba aquella mañana: era negro, cortito, de amplio escote redondo. La tela fina caía suelta sobre mi cuerpo, gracias al machante ejercicio diario y una dieta escrupulosamente libre de grasas; pero yo tenía calor.

(…)

Estaba sentada en le alfeizar de mi ventana

(…)

El sol calentaba la piel, aún bronceada gracias a mis visitas regulares a la cabinas de rayos UVA, pero yo me revolvía y guiñaba inquieta.

No quería estar aquí.

Acaba de volver de la fiesta de la noche anterior, y empezaba a tener una resaca monumental.

Me dolía la cabeza y me picaba la piel: necesitaba una ducha.

Tom Petty cantaba quejumbroso: I´m tired myself, tired of this town. Cansado de mí mismo, cansado de esta ciudad.

Abajo, en el aparcamiento, veía botellas de cerveza por el suelo y gente que volvía a casa tras las juergas nocturnas y los emparejamientos de borrachos.

A mi espalda, dos compañeras de piso, borrachas aún, cantaban y bailaban como locas delante de las ventanas abiertas de la sala de estar.

Me gustaba esta atalaya desde la que oteaba el panorama a distancia. Allí me distanciaba del caos. Siempre me sentía ajena al ambiente festero del campus, incluso cuando me sumaba a sus alegrías.

Yo estudiaba con beca, tenía una media casi perfecta, iba encaminada a hacer las prestigiosas prácticas de verano en Washington, D. C., era directora de la revista universitaria. Mi expediente estaba lleno a reventar de matrículas de honor y pruebas de mi conciencia social.

En cuanto a la fe católica que dominó mi vida en el colegio y en el instituto, ahora tenía otras prioridades.

Seguía considerándome una católica mejor que la mayoría. A partir de mi primer año de carrera, trabajé en todas las organizaciones conocidas en pro de la justicia social, dedicando al menos una tarde cada semana a ayudar en el albuergue para personas sin techo, o colaborando en el programa universitario de comidas sobre ruedas para vagabundos.

Iba a misa todos los domingos

En cuanto al sexo, cumplía la letra de la ley que me habían enseñado en casa (nada de sexo fuera del matrimonio), aunque no su espíritu.

Reservaba mis desvelos para fines más concretos, como obsesionarme por mi cuerpo y mantenerlo delgado y en forma.

A diferencia de otras chicas fiesteras que devoraban pizzas a medianoche y escondían barrigas cerveceras bajo ropa cómoda, yo me controlaba.

Pero esa vida de compartimientos estancos de la que tan satisfecha me sentía –chica buena por la mañana, chica mala los sábados por la noche- empezaba a dar paso a una sensación nueva. Parecía que me encontraba tan inmersa en el caos como todas las demás. Tal vez fuera peor que ellas, porque llevaba una doble vida. Mis compañeras barrigonas eran coherentes, eso había que reconocérselo.

(…)

Volví a mirar el panorama desolador del aparcamiento bajo mi ventana. Cómo había cambiado las cosas, cómo había cambiado yo desde que llegué a la residencia de estudiantes un bochornoso día de agosto, dos años atrás.

Había perdido algo. No sabía qué, ni como recuperarlo. Solamente sabía que ya no soportaba el doloroso vacío que sentía en el estomago.

Estaba tiritando. Metí las piernas, me levanté, cerré de golpe la ventana y pasé  junto a mis compañeras, que dormían profundamente pese a la música ensodecedora.

Era hora de ducharme, de comer, de abrigarme

Era hora de cambiar.

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