volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Mi marido ya no es el que fue, el que conocí y me enamoré (II)

Posted by jorgellop en septiembre 4, 2015

Esta es la segunda parte del relato:

Casi un año después, Manuel volvía a casa. Fiesta, alegría, regocijo… También preocupación y desconcierto, para qué engañarnos. Manuel no se había quedado en silla de ruedas. Sin embargo, con menos de cuarenta años tenía ya la incapacidad, porque no podía asumir su trabajo de antaño, pero podía freír un filete, poner un enchufe, manejar el ordenador, llevar a los niños al cole, hacer la compra…

 ¿El problema mayor? Que Manuel no se parecía ya demasiado al Manuel que sufrió el accidente. Sus amigos, su familia, sus hijos, su mujer ¿alguien reconocía a Manuel en Manuel? Me temo que no. Era una persona distinta.

Sin necesidad de entrar en más descripciones de la situación y después de un tiempo prudencial, se hacía necesario preguntar a Amparo qué tal llevaba la situación. Siempre franca y realista no nos quería engañar. No es fácil asumir que tu marido no va a volver a ser la persona de la que te enamoraste. Y que además, a consecuencia del accidente, tiene unas dificultades de carácter añadidas. La vida sigue: el trabajo, los niños, y en medio del quehacer diario, aquel en quien descansaba el corazón, es ahora motivo de inquietud.

Amparo nos ha explicado lo que es el matrimonio de una manera magistral. Fue cuando le hicimos la pregunta que más deseo teníamos de formular: “¿Por qué no “‘rehaces tu vida”? ’? ¿Por qué no dejas a Manuel? Eres joven, la vida es dura y necesitas alguien que te comprenda, que te apoye, que te sostenga en el día a día, para afrontar los mil y un retos que se nos presentan sin avisar”.

Nos explicó que el día en que se casó con Manuel estaba extrañamente lúcida —quizá fue una especie de gracia especial, en vistas a lo que más adelante se le iba a pedir— y cuando pronunció las famosas palabras del consentimiento matrimonial sabía lo que estaba diciendo y quería decirlo de corazón. Ahora reflexiona así: “Si yo he querido a mis hijos cuando estaba embarazada y sin saber si iban a ser altos o bajos, feos o guapos, listos o tontos; si los he querido porque eran míos —aunque en realidad los hijos no son nunca tuyos, porque ellos están llamados a irse de casa y hacer su vida—, mucho más mío es Manuel. Cuando yo me casé con él, lo que nos dijimos fue: “‘Tu vida es mi vida”. ’. ¿Puedo decir: ‘Lo siento mucho por tu accidente, pero no puedo con tanto peso y aunque estás aquí, de alguna manera me has dejado sola, así que necesito buscar a alguien que de verdad sea un compañero, una ayuda real’. No, yo no puedo decirle eso a Manuel, porque en realidad no es algo que le ha pasado a él solo y a mí no. No, no es verdad. Sería injusto decir: ‘Lo siento por tu accidente, Manuel, pero yo necesito rehacer mi vida’, porque su accidente es mi accidente; su enfermedad, la mía”.

¿Qué os parece? ¿No es hermoso pensar que cuando dos están viviendo esa entrega que convierte sus cuerpos en una sola carne se están diciendo “Tu vida es mi vida. Tu enfermedad, tu salud, pobreza o riqueza no es solo tuya, sino mía también?”

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