volver a nacer

Sentido del sufrimiento y del dolor. El valor positivo de la enfermedad

Lloré porque no había ido a besar la Cruz de Jesús

Posted by jorgellop en febrero 14, 2016

Durante la presentación en Roma del libro-entrevista al Santo Padre titulado “El nombre de Dios es misericordia”, Zhang Agustín Jianqing, emigrante venido de China, hizo publico su testimonio.

Me llamo Zhang Agustín Jianqing, tengo 30 años y vengo de China, más concretamente de Zhe Jiang.  Mi familia, de tradición budista, son buenas personas que en su vida siempre se han portado bien y han trabajado mucho, tanto en China como en Italia.

En 1997, a los 12 años de edad, llegué a Italia con mi padre; mi madre ya llevaba dos años aquí. Han pasado 18 años desde aquel 1997 y la mayoría de ellos los he vivido en la cárcel, donde todavía sigo.

Al llegar a Italia estudié durante un par de años, pero en clase me aburría, así es que me escapaba de la escuela sin que lo supieran mis padres. Cada vez me portaba peor, peleando con mis padres porque no me daban dinero para divertirme.

A los 16 años les inventé la historia de que había encontrado un trabajo lejos de casa, para poder pasar las noches en la discoteca. Solo me interesaba divertirme y sentirme poderoso. Así, en poco tiempo adopté un carácter violento y superficial; solo me interesaba el dinero y las chicas.

Pero cometí un grave error (…) y a los 19 años fui enviado a la cárcel con una condena de 20 años. Yo no hablaba ni entendía casi nada de italiano, y además en la cárcel de Belluno, donde pasé los primeros dos años, era el único chino.

Tenía un montón de problemas y como no sabía pedir ayuda de ninguna manera estaba desesperado. Lo único que me hacía sentir un poco mejor era escribir a mi familia pidiendo perdón por lo que había hecho, por todo el dolor y tristeza que había causado en sus corazones.

En especial a mi madre, que en aquella época recorría todas las semanas 700 kilómetros para venir a verme en la cárcel.

Siempre que me veía lloraba. Ver esas lágrimas cayendo delante de mí me ayudó a mirarme por dentro y percibir todo el mal que había causado a mi familia, y a la familia de la víctima. Mi corazón temblaba, roto por el dolor. Poco a poco fue emergiendo en mí el deseo de cambiar y que mi querida madre no sufriera más. Nació en mí el deseo de que este sufrimiento pudiera transformarse en felicidad.

Por entonces, antes del traslado a la cárcel de Padua, conocí y estreché amistad con un voluntario, Gildo… En él encontré cobijo y una paz interior que nunca había sentido antes. Por aquel entonces como yo no hablaba ni entendía el italiano, durante nuestros encuentros, pasábamos más tiempo mirándonos que hablando. Tenía el deseo, la necesidad de desahogar todo el mal que llevaba dentro, pero no podía. Simplemente su mirada, con esa compasión hacia mí, me sostuvo durante esos dos años, y me alentó a tener coraje frente a mis dificultades.

En 2007 me trasladaron a la cárcel de Padua. La primera persona que encontré allí fue un paisano mío, Je Wu, que me enseñó a trabajar allí en la cárcel, estuvo a mi lado y me ayudó. Después de unos meses, ya sabía ensamblar cajas para joyas, después fueron maletas. Mi amigo Wu era una persona alegre y un día decidió hacerse cristiano y bautizarse. Yo observaba lo contento que volvía con los amigos cuando iban a misa y decidí ir yo también allí.

Poco a poco escuchando las palabras del Evangelio y los cantos, fue naciendo en mí una alegría que nunca había sentido… tanto que no veía la hora de que llegara el domingo. Pero como este deseo lo tenía todos los días, decidí participar con algunos amigos presos y de la cooperativa donde trabajábamos en un momento semanal de oración… Todo esto  despertó en mí el deseo de hacerme cristiano.

El Viernes Santo de 2014 participé, invitado por mis amigos, en el rito del Vía Crucis y el beso a Jesús en la cruz. Al final de la celebración todos mis amigos, uno a uno, bajaron a besar la cruz. Yo tenía el deseo de ir también a besar a Jesús en la cruz, pero pensando en mi madre no era capaz de hacerlo, me parecía que iba a traicionarla por segunda vez.

Recé para que el Señor me perdonara. Al terminar, salí de la capilla y de pronto me di cuenta de que en mi corazón, arrepentido, lloraba porque no había ido a besar a Jesús en la cruz. En el dolor de ese momento entendí que me había enamorado de Jesús, que esto era verdadero y que ya no podía dejarlo. Así que me llené de valor y llamé a mi familia para pedirles que vinieran lo antes posible a la cárcel a hablar conmigo. Al día siguiente mi madre vino a verme y le conté lo que me había pasado el día anterior, diciéndole que ya no podía esconder más mi amor por Jesús. Le pregunté si me dejaba ser cristiano y bautizarme.

Ante estas palabras, mi madre se quedó como cinco minutos inmóvil, que me parecieron los  más largos de mi vida, hasta que con lágrimas en los ojos me dijo: «Si tú crees que esto es adecuado para ti, hazlo, porque si no yo sufriría más». Dicho esto, los dos rompimos a llorar como niños y nos abrazamos. Sentí la presencia del Señor y descubrí un nuevo amor en mi madre, como el de María.

Testimonio completo en Religión en libertad

 

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